Escritores en lengua española

09/06/2002

Qué nos pasa, Enrique Murillo

QUIZÁ LA VIDA QUE ESTEMOS VIVIENDO no sea forzosamente la que nos corresponda vivir. Así lo piensa un hombre de unos 50 años, que decide ir en busca de lo que el destino escribió para él y le ha estado ocultando hasta ahora. Un día se le aviva un recuerdo de la niñez: en un cromo de chocolatina, ve el Partenón por primera vez; una imagen mítica que fijará a su futuro borroso. Y este pavo emprende un viaje a Grecia, es decir, hacia donde se va a encontrar con el otro, con ese hombre que él cree que tenía que haber sido. Es decir, lo deja todo, cierra su pequeña tienda, le echa un par de cataplines (con perdón) y se larga. ¿Para qué tanto valor? Para sentirse capaz de tomar decisiones, o sea, para ejercer la suprema libertad de equivocarse. El pavo se llama Arturo y sale rumbo a Atenas en un viaje organizado. Coincide, faltaría más, con un grupete de señoras-señoritas, solteras, divorciadas, etcétera. Los grupetes de señoras-señoritas dan mucha animación y mucha guerra cuando salen al extranjero, esto se sabe, no lo digo yo solo. Y Arturo se ve, a su pesar y para su suerte, metido en medio. Ya no cuento más porque no quiero chafar la última novela de Enrique Murillo, "Qué nos pasa" (editorial Destino). Murillo, periodista en origen, ha sido traductor de los grandes de la literatura anglosajona y señor-que-manda-mucho en editoriales como Plaza-Janés o Planeta. Vivió en Zaragoza un tiempo, cuando Los Espumosos estaban en Independencia. Zaragoza, claro, ha cambiado pero él, no. El otro día estuvo en la FNAC, divertido y culto, hablando de esa novela tan buena sobre un hombre que encuentra su destino en Grecia. Dan ganas de irse para allá, te digo.

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07/07/2001

Luis Martinez de Mingo. El perro de Dostoievski

Luis Martinez de Mingo. El perro de Dostoievski. Muchnik. Barcelona, 2001
       202 páginas.
       
       MALDITA POSESIÓN
       
       Tapada por la profusión de títulos masivamente promocionados de la temporada primavera-verano, aparece esta sorprendente novela picaresca de Luis Martinez de Mingo. Se trata de un relato compacto, bien estructurado y resuelto, que combina el anacronismo del estilo-a veces propio del siglo de oro, otras del novelón del XIX—y la modernidad de sus planteamientos radicales, visceralmente sinceros. No conozco la obra previa del autor, nacido en Logroño en 1948, consistente en dos libros de poesía, uno de relatos y una novela-Bestiario del corazón (1999)-a la que Caballero Bonald se refirió como "un libro insólito de un escritor brillante", opinión que puede suscribirse con respecto a El perro de Dostoievski. Este riojano también ha editado dos antologías y suya es una biografía del director de cine José Luis Borau. No se trata, pues, de un escritor casual e intermitente sino de alguien con derecho a ser tenido en cuenta; su última novela exige incluso mayor reconocimiento. Ahora bien, no hay que olvidar que El perro... es un relato contracorriente, independiente de cualquier moda, y nada generoso con las tendencias de la mercadotecnia editorial.
        De momento estamos ante unas memorias escritas por alguien que ha terminado durmiendo en una estación del metro madrileño. Pero ese alguien es un escritor cuyas lecturas le han influido profundamente, hasta el punto de configurar su propia vida. Se trata de un pícaro que se deja arrastrar por la literatura en la misma medida, y en igual grado de adicción, que por el alcohol, el juego o las mujeres. Ese pícaro que lo ha leído todo nos cuenta su peripecia-en el sentido más aristotélico del término: el paso de la felicidad a la desgracia, motivado por una serie de acontecimientos verosímiles-a la vez que hace una reflexión sobre la escritura y sobre el hecho de escribir hoy y aquí.
        Uno de los aciertos de la novela es el de sostener un modelo de biografía ficticia en una estructura de referencias a muy variados escritores emblemáticos; con acertada oportunidad, por aquí desfilan Barral y Gil de Biedma, junto con Sartre, Pavese, Lampedusa y, con apariciones destacadas, Faulkner y Hemingway. Encontramos, ligeramente disimulado, un ensayo literario. Y concretando, un ensayo sobre la literatura y el mal, sobre el malditismo del escritor maldito: fascinante redundancia de la vida y obra de Arthur Rimbaud, de Jean Genet, y, por encima de todos, de Fedor Dostoievski. El pícaro se confiesa "su perro" en una imagen de sumisión, de inferioridad y de respeto; de vivir a su sombra, de ir siempre tras sus pasos. Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, El jugador, o Memorias del subsuelo se convierten en los espacios narrativos por donde transcurren etapas de su vida. Confiesa "sin arrepentimiento" estar poseído por el autor ruso. A esa conclusión llega el pícaro al final de la novela, después de habernos hecho acompañarle en un viaje de aprendizaje y experiencia por las capillas literarias de una ciudad de provincias, por las fantasías de los escritores primerizos y por el engreimiento de los santones de casino, por la guerrilla salvadoreña y por el Madrid de la movida, por los estudios de doblaje y por los casinos, hasta llegar al subsuelo. Realmente insólita, divertida y visceral "purga del corazón" de un escritor ignorado. Hasta ahora, esperemos.
       
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 8. 07/07/2001

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09/06/2001

Quim Monzó. Ochenta y seis cuentos

Quim Monzó Ochenta y seis cuentos. Traducción de Javier Cercas.Anagrama. Barcelona, 2001. 500 páginas. 2.900 pesetas.
       
       La polaroid surrealista
       
       No deja de sorprender la poca estima que se tiene en España al relato, un modo de contar historias al que son adictos los anglosajones. Aquí, las editoriales son remisas a publicarlos y hasta los mismos autores piensan en ellos como un entrenamiento previo a la novela. Pero el relato es un género difícil en cuyo breve espacio el autor ha de dar intensidad y entretenimiento repetidas veces y de manera distinta en un sólo volumen. Ahora, en un presente saturado de novelas, es muy de agradecer la recopilación de la obra corta de Quim Monzó (Barcelona, 1952), algo que podría tomarse como un homenaje al género y que, por encima de todo, supone el reconocimiento y la consagración de este maestro.
        Hace muy poco, Monzó declaraba: "Me gusta leer libros que me cuenten historias y vayan más allá de la polaroid realista". Sus 86 cuentos son eso, 86 fotos instantáneas vistas del revés, por atrás y boca abajo. Como en toda polaroid, la sensación de realidad es inmediata pero poco tiempo ha de pasar para que nos demos cuenta de que se nos está engañando con un disfraz de documentalismo perverso. Monzó escoge un registro realista, de una llaneza casi excesiva, lo que te pone en guardia, y puede comenzar sus cuentos así: "La mañana tenía cara de huevo" o "El hombre que no se enamora nunca sale del museo"; en ocasiones, es provocadoramente convencional: "Fuera llovía". Cuidado, cuando Monzó empieza diciendo "Fuera llovía" es que algo inquietante se mueve dentro de la polaroid. Y es que para este escritor no hay nada que produzca más terror que la vida cotidiana del ciudadano pacífico y neurótico. En principio, todas sus historias son sobre gente que no es nadie y a la que no le pasa nunca nada. Además, y muy coherentemente, escribe con las palabras que usan las personas que no hacen literatura: un personaje se siente un catacaldos, otro se pone unas bambas rojas, otro no para de darle vueltas al cacumen. Es gente que pasa por tu lado, gente que ves y no miras. A veces son escritores: uno de ellos se retira a la casa de campo a crear con tranquilidad una gran obra, pero el calentador no funciona y se le olvida la leche en el fuego. La vida le echa una mano y le escribe una tragicomedia en la que él es el personaje y no el autor. Otro escritor descubre con espanto que algunas de las cosas que ha contado en cada una de sus veinte novelas han ocurrido realmente algún tiempo después: no le gustaban las biografías pero no ha hecho otra cosa que escribir la suya. Otros cuentos están centrados en la pareja. A Monzó le chifla la vida en pareja, sobre todo si es para cargársela. "El norte del sur" y "Barcelona" hablan del amor que se alimenta del odio mutuo y son un adelanto del escalofrío que producen las refinadas narraciones de El porqué de las cosas, un libro que trata del morbo que da a un hombre y a una mujer hacerse la vida difícil.
        Hay otros cuentos basados directamente en personajes emblemáticos de la literatura. Lo que el autor hace es ponerles las zapatillas, subvertir su leyenda. En "Gregor", el escarabajo de Kafka experimenta una metamorfosis y se convierte en un muchacho blando y gordinflón: no es mejor ser hombre que insecto coleóptero, queda claro cuando se mira la polaroid con detalle. "El sapo" cuenta la historia del príncipe azul y la princesa: un pequeño diálogo posterior al famoso beso basta para hacernos ver el futuro nada deseable que les espera.
        La recopilación de la obra corta completa de Monzó (parece ser que faltan tres cuentos, eliminados por el autor) tiene el valor añadido de poder seguir la evolución de un escritor. Ëste, en concreto, se ha hecho más depurado y sus historias son más impactantes con muchos menos elementos. Es admirable la facilidad con que lo superfluo se ha ido quedando por el camino. La radical concisión de esa mirada tan cruel sobre unas criaturas que, al final, consiguen estimular nuestra ternura es lo que convierte a Quim Monzó en uno de los narradores más singulares hoy en España. Simplemente hay que leerlo. Es un deber de lector. Javier Cercas, un escritor muy distinto a Monzó, ha hecho la traducción del catalán y ha logrado que estas historias parezcan haberse pensado siempre en castellano.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 09/06/2001

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28/04/2001

Lorenzo Silva. El nombre de los nuestros

Lorenzo Silva. El nombre de los nuestros. Destino. Barcelona, 2001. 285 páginas. 2.800 pesetas.
       
       Los Campos de la Derrota
       
       No es lo mismo una novela de guerra que una de trinchera. La de guerra tiene un escenario más amplio donde cabe casi todo: conflictos personales, intrigas políticas, historias de amor, costumbres sociales al dictado del hambre y de la indefensión, de la muerte y de la supervivencia. Pero la novela de frente de batalla se centra en un territorio más cerrado, de una simpleza aterradora: ordenes, soldados, armas, sangre, cobardía y valor. A la dictadura de esta sencillez, hay que añadir ahora otro precepto limitador: ya no puede haber héroes, ni sentimientos patrióticos, ni una épica de la victoria. Corren malos tiempos para las hazañas bélicas desde que Vietnam dejó un desfile de parapléjicos ante el Pentágono. Consecuentemente con esta evolución, el maniqueísmo-en otros tiempos esencial en este tipo de relatos-ha ido desapareciendo. El enemigo ya no es el enemigo que dispara y mata sino el que toma las decisiones en los despachos. Al final de El nombre de los nuestros, aparece un campechano Alfonso XIII del que se dice: "aquel hombre, y otros hombres como él, seguirían ordenando que otros hombres les pelearan una causa"; el comentario sirve como cáustico epitafio a los cientos de muertos de uno de los tristes episodios de las campañas de Marruecos, sobre el que Lorenzo Silva ha escrito una hermosa y técnicamente ejemplar novela.
        Silva (Madrid, 1966) es muy conocido desde que ganó el Premio Nadal 2000 con El alquimista impaciente, una aventura de intriga criminal conducida por los miembros de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro, una pareja ya consolidada en el género negro ibérico. Pero Silva ya había llamado la atención con La flaqueza del bolchevique (que no trata de bolcheviques sino de un hombre en crisis), que fue finalista del Nadal en otra edición anterior. Con El lejano país de los estanques obtuvo el premio Ojo Crítico de 1998. Es autor, además, de otras seis novelas. No está nada mal para un escritor de 35 años. Y esto es verdad si tenemos en cuenta el rigor y el esmero con que aborda el oficio de narrar.
        Un sargento, Molina, y dos soldados, Andreu y Amador, coinciden en la defensa de una de las posiciones que quedaron abandonadas en la retaguardia, durante la ofensiva del ejército español en Marruecos contra el levantamiento de Abd el-Krim, entre junio y julio de 1921. Ya se ha dicho antes que estamos ante una novela de trinchera, de línea de fuego. Por eso, es necesario destacar el ya mencionado oficio de Lorenzo Silva. De una manera pausada y en un ejercicio de medida gradación, nos lleva desde la tensa tranquilidad previa a la batalla hasta los campos de la derrota. Cuando en el antepenúltimo capítulo nos paseamos por el infierno como en un desastre goyesco, no deja de sorprendernos la habilidad con que se nos obliga a llegar ahí, sobre todo si consideramos que los recursos utilizados son aparentemente simples y fríos: no hay tremendismo ni crestas emocionales. Los personajes están dibujados con un trazado muy reducido pero esta economía no supone ninguna limitación sino que es coherente con el concepto de la sobriedad como estilo. Molina es un soldado profesional, un hombre entero, seguro de sí mismo, que considera la vida de sus soldados más importante que la suya. Sería un héroe en una guerra más heroica pero en la de Marruecos ha de aceptarse tan paria como los "borregos" o novatos. Andreu y Amador, anarquista el uno y ugetista el otro, son unos pobres muchachos cuyos ideales se convierten en recuerdos, sometidos al impulso anulador de la supervivencia. Entre ellos, sin grandes palabras, surgirá una lealtad profunda ("si los parias no ayudan a los parias, ¿qué dignidad les queda?"). Poco a poco, van apareciendo sentimientos elementales como la amistad, el miedo, o la duda sobre el sentido del sacrificio a la vez que la narración discurre con serenidad por la descripción de la vida cotidiana en situaciones extremas de falta de higiene, de sed y de enfermedad. Tampoco se cargan las tintas sobre los rifeños, que parecen más una sombra amenazante, una metáfora de la muerte, que un ejército real. Página a página, se adivina un trabajo de investigación riguroso que nunca ensombrece la ficción: Silva practica la novela documentada, no la documentación novelada. Por todo eso, El nombre de los nuestros confirma a su autor como dueño de una escritura sólida y formalmente clásica, muy ajustada a los límites de sus pretensiones; su destreza en el manejo de la sencillez como vehículo de un compromiso ético hace que esta novela se convierta en un título merecidamente destacable.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 28/04/2001

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13/04/2001

Jorge Edwards. El peso de la noche

Jorge Edwards. El peso de la noche. Tusquets. Barcelona, 2001. 217 páginas. 1.900 pesetas
       
       Contra el caos conservador
       La editorial Tusquets se ha propuesto la publicación de la obra completa del chileno Jorge Edwards y, consecuentemente, está recuperando los títulos olvidados del autor; ahora aparece su primera novela, El peso de la noche, que se editó originariamente en 1965, cuando el autor tenía 34 años. La vida de Edwards ha transcurrido siempre por los caminos entrecruzados de la literatura y de la política. La toma del poder por Pinochet le pilla como embajador en La Habana y, destituido de su cargo, se refugia en Barcelona; desde ese momento se vuelca como escritor testimonial, una línea que arranca brillantemente con Persona non grata hasta llegar a Adiós, poeta... una biografía de Pablo Neruda, con la que consiguió el Premio Comillas. Autor de siete novelas (entre ellas, El origen del mundo, El museo de cera y El sueño de la historia), de libros de relatos, de ensayos, Edwards recibió el Premio Cervantes en 1999.
        El peso de la noche es una primera novela, arrebatada, joven, que anuncia la rebeldía y el inconformismo moral de su autor. Para los seguidores de Edwards es un texto imprescindible, que permite comprender las razones del proceso de creación de un mundo personal, de una teoría del orden. Pero también es verdad que esta novela presenta deficiencias de oficio, muy especialmente en su estructura, cuya debilidad contrasta en ocasiones con la fuerza y la rabia del discurso existencial que la motiva.
        Francisco es un adolescente educado en los jesuitas, que lee a escondidas a Unamuno, "un escéptico, una influencia nefasta", y que descubre el sexo en un prostíbulo con una mujer tierna y seductora. Su aprendizaje progresa a la contra, metido como está en el corazón de la alta clase media chilena. El muchacho, sólo siente admiración por un tío, Joaquín, un bala perdida. Edwards monta su ficción sobre estos dos personajes, pero muy pronto, el de Joaquín se come al de Francisco. Si esto se considera un fallo es porque surge como una decepción de las expectativas con que se inicia la historia, como algo no previsto ni por el autor ni por un lector sagaz. No obstante, esta falta de equilibrio nos revela la verdadera naturaleza de la obra: no es una novela de personajes sino de actitudes. En el centro del conservadurismo, en medio de esa pétrea idiotez con que las clases sociales altas ven pasar la historia, un hombre joven y otro que no lo es tanto, intentan sobrevivir buscando la autenticidad, el envés del aparentemente bello rostro de la injusticia. Joaquín es un perdedor y se sabe un perdedor, lo que le hace socio de la hermandad de antihéroes de la novela existencialista europea. Arruinado, mal trabajador, borrachín, conserva la lucidez que da el desarraigo. A su alrededor pasa una corte de rentistas, de funcionarios corruptos, de hombres bienpensantes y mujeres acomodaticias. Pasa, sobre todo, la pereza. Se es corrupto, injusto y tonto por pereza. En el abandono social de Joaquín hay una vitalidad que se convierte en una lección moral. Edwards acentúa los contrastes: a tristes despachos, opone bares y tugurios y a aburridas salitas de estar, prostíbulos ajetreados. Hay, en ocasiones, episodios que, desde nuestra perspectiva histórica, alcanzan el regusto de la premonición: un tal Pantoja Salaverría, que hace arreglos y chapuzas para la familia de Francisco, muere apaleado por los carabineros, quienes hacen desaparecer el cadáver. Ante la irritación de Francisco, el hecho se justifica porque el tal Pantoja era un borrachín.
        Sólida por la transmisión de una actitud y temblorosa en su estructura, esta narración, que es tan europea en el hastío y la rebeldía de sus dos personajes principales, se desarrolla a través de un estilo que entonces se consideraba muy moderno: distante, visual y descriptivo, de repente se vuelca en un impresionismo a lo John Dos Passos, como en esta carrera de caballos: "Tipos que gritaban como energúmenos. Polvareda. Tamborileo sordo de las patas. La marea de los gritos crecía". Está El peso de la noche llena de cualidades pero también de ensayos narrativos, de pasos en falso; todo ello necesario en la primera obra del que luego sería nada menos que Jorge Edwards. Eso sí, aquí se encuentra, y mucho, el compromiso ideológico característico de este escritor de bien.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 13/04/2001

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10/03/2001

Rosa Montero. El corazón del Tártaro

Rosa Montero. El corazón del Tártaro. Espasa. Madrid, 2001. 268 páginas. 2.900 pesetas.
       
       El cobijo de las heridas
       
       La obra de Rosa Montero (Madrid, 1951) ya es considerable. Periodista de sólida trayectoria-obtuvo el Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes-pronto sintió la necesidad de romper el austero marco estilístico que impone la información, en busca de una expresividad libremente creadora que sólo puede ofrecer la ficción. Así, desde que en 1979 publicó Crónica del desamor hasta La hija del Caníbal con la que ganó el Premio Primavera 1997, Montero escribió otras cinco novelas y dos libros de reportajes; en 1998 apareció un conjunto de relatos, Amantes y enemigos. El corazón del Tártaro, su novela más serena y mejor construida, nos llega después de una carrera trabajada paso a paso y acompañada por el éxito de ventas.
        Desde sus inicios, Rosa Montero ha cargado con la etiqueta de escritora feminista. La injusta devaluación del feminismo como marca ideológica ha podido servir también para que los autores hayan ido matizando la beligerancia de sus tesis. El corazón del Tártaro trata de ordenar un mundo que, en su avalancha de conflictos, arrastra y revuelca a un grupo de desgraciados, de hermosas personas-hombres y mujeres, por igual-que tratan de sobrevivir a sus heridas. Sofía Zarzamala acaba de salir de una guerra librada en dos frentes: la droga y la familia. Sofía-llamada Zarza-recibe una inquietante llamada telefónica de alguien que le busca y que le sigue. Escapar de él, enfrentarse a él y descubrirlo al lector, será lo que ocurra en 24 horas. A lo largo de ese día, reflexiona, recuerda y trata de reconstruir su vida. Una y otra vez surge la imagen del cubo de Rubik, como símbolo de una tarea de recomponer un modelo de orden, muy difícil pero no imposible. Lo logra Zarza a través de vías morales poco ortodoxas: teniendo todos los atributos para hacerse con la simpatía del lector, lo original es que su vida está marcada por la traición; digamos que es una atractiva superviviente metepatas. Como muchos seres humanos, no sabe querer a quienes más quiere: recurre a la delación sin atenuantes, a la artillería sentimental más destructiva, incluso al proxenetismo ocasional. Las traiciones se explican, aunque no se justifican, lo que crea un personaje atormentado por la culpa. Pero esa culpa no es suficiente lastre para que Zarza consiga al final vencer la memoria. Criada en la creencia de que su madre ha sido asesinada, esta mujer crece muy unida a su hermano gemelo, Nico, quien la introducirá en el consumo de heroína. Montero explora esta relación de gemelos a partir de leyendas reinventadas, en especial de El Caballero de la Rosa, de Chrétien de Troyes, a la que da dos desenlaces-un buen hallazgo-, con los que metaforiza la resolución del conflicto afectivo. Esto se justifica por la condición del trabajo de Zarza, que es editora de textos medievales para una editorial; sinceramente, resulta un tanto inverosímil que de la prostitución y la marginalidad se pase a un empleo tan exquisito, por mucho que la heroína se licenciara en Historia.
        Decir que El corazón del Tártaro es un thriller psicológico quizá sea insuficiente. Lo es porque trata de descubrir las claves de una amenaza, pero se nota que Montero ha tratado de ir más allá del realismo que impone el género; para ello, se recrea en la escritura, en la expresión metafórica de la frase: acaricia el párrafo. Estiliza el drama de tal manera que parece que los personajes no pelean contra sus traumas sino que se refugian al cobijo de sus heridas. A esta visión estética del dolor contribuye el lenguaje que, con muy contadas palabras de jerga, está a un nivel mucho más alto del que corresponde al submundo de la ciudad. El mismo título es un elemento de dudosa correspondencia con el contenido: "Como esos tártaros que prendieron fuego a Europa y Asia... Tal vez fue Gengis Khan, el ladrón de todas las dulzuras, quien le arrebató la infancia en su germinación y su promesa." El Tártaro es la personificación de lo oscuro, de las fuerzas destructoras de nuestra experiencia. Le ha faltado a la autora el esfuerzo de contar esta historia de amor y jeringuilla más desde dentro; digamos que ha preferido la retórica literaria a las exigencias de la novela. Y la literatura-siguiendo el ejemplo de su personaje-le ha traicionado. Pero estos reparos no obstan para que estemos ante una novela que interesa, que se lee muy bien, que gustará.
       Juan Marín.Publicado en El País / Babelia p. 9. 10/03/2001

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24/02/2001

Fernando Marías. El niño de los coroneles

Fernando Marías. El niño de los coroneles. Destino. Barcelona, 2001. 529 páginas. 2.900 pesetas.
       
       Hacia donde habita el mal
       
       Desde hace algunos años, no muchos, los escritores españoles están entrando sin complejos en la novela de entretenimiento. Es un buen síntoma: la literatura necesita del riesgo estilístico para avanzar pero, en no menor medida, de la narración pura para sostenerse. Así lo ha entendido siempre la literatura anglosajona, que presume por igual de Joyce que de Dickens.
       Ni hay ninguna virtud en ser plúmbeo, ni entretener al lector-con angustia y alivio, pena y satisfacción-supone considerarle poco inteligente, porque esta clase de narración suele ser formalmente conservadora pero puede arriesgarse en los contenidos para profundizar en el conocimiento de la naturaleza humana.
        Después de haber publicado La luz prodigiosa, Esta noche moriré, y un libro de relatos, Fernando Marías (Bilbao, 1958) ha ganado el premio Nadal con una novela de acción dentro del género que podría llamarse de aventura moral. No hay que ser un lince para deducir que sus más de quinientas páginas se nutren de tres referencias emblemáticas: Dr Jekyll y Mr Hide, de Robert L. Stevenson; Frankestein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; y En el corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. De ninguna manera quiere decir esto que Marías haya hecho un pastiche o una parodia postmoderna con los consabidos e insufribles homenajes. El ha escrito su propia obra, que es nueva, pero que saca a la luz su formación y sus preferencias como novelista. Stevenson, como Toltstoi, consideraba que la vida de un individuo forma parte de una cadena histórica y moral continua. Fernando Marías participa de esta idea-"Todos los hechos históricos están íntimamente ligados. No sólo los transcendentes; también los nimios o individuales", se dice en el capítulo segundo-y este punto de vista hace conectar esta novela con la serie que el autor escribió para televisión-conjuntamente con Juan Bas, otro escritor orgullosamente entretenido-con el título de Páginas ocultas de la Historia.
        De varias páginas ocultas de la historia de Leonito, un país inventado de Centroamérica, trata El niño de los coroneles. Vertebra esta aventura un manuscrito autobiográfico del misterioso Victor Lars, entregado al psiquiatra Jean Laventier. Ambos compartieron una íntima amistad en el París de la segunda guerra mundial; la ocupación alemana y la derrota de Hitler los separaron para siempre. Victor, colaboracionista, ha dedicado todos sus esfuerzos a apurar los límites de la crueldad humana. En cambio, Jean, convertido en héroe de la resistencia francesa, investigador humanista y hombre bueno, ha llegado a rechazar el Premio Nobel. La relación de Laventier y Lars es una salvaje partida de ajedrez ¿Por qué ponen tanto empeño en jugarla? ¿Envidia del reconocimiento en la legalidad por parte de Lars o deseo de venganza por parte de Laventier? Habrá que verlo, por encima de cualquier interpretación, como una dura pelea entre el mal y el bien.
        Por otro lado, el periodista español Luis Ferrer es enviado a Leonito, a entrevistar al jefe de la guerrilla que sigue enfrentándose al gobierno, ahora democrático. Curiosamente Ferrer nació en un hospicio de Leonito y fue adoptado por el embajador de España y traído a Madrid de muy niño. Nada más llegar a Leonito, Ferrer tiene ante sí el manuscrito de Victor Lars. Su lectura-simultánea a la que hace el lector-va descubriendo sorpresas y entramados del azar a los que difícilmente podrá hacer frente. Su viaje a la Montaña Profunda, lugar donde debe encontrarse con el jefe guerrillero, es una aventura muy al estilo de Conrad: fascinado y horrorizado llegará a la gruta donde se halla el mal en estado puro y, también, la historia de su propia vida.
        Dedica Lars gran parte de su confesión al proyecto que le ocupó durante años: la creación de un ser humano intrínsecamente malvado, cruel en extremo y vacío de todo componente sentimental. Esto le emparenta con Frankestein, sobre todo por el planteamiento tan científico de su proyecto. Lars es un ángel caído de extremada inteligencia y se constituye en el personaje dominante de toda la obra. Por eso Marías se esfuerza en mantener un código ético nada ambiguo; su escritura defiende la superioridad del bien frente al mal, por muy atractivo y beligerante que éste sea. Subyace una defensa de los valores democráticos y de los derechos del hombre frente a una clase de maldad que se sostiene en el avasallamiento de los más débiles y en la infravaloración de la dignidad humana.
        Fernando Marías ha levantado una estructura perfecta para una intriga que logra enganchar con sabias dosis de enigma, revelación y sorpresa. La acción psicológica y política domina sobre los problemas individuales-por ejemplo, Ferrer guarda un secreto traumatizante-y el enfoque es muy cinematográfico, de ritmo y superposición de episodios muy veloces. Todo ello tiene un precio: el estilo es muy neutro, casi opaco; es cierto que este tipo de narración exige un lenguaje muy funcional, pero pienso que aquí eso se ha tomado demasiado al pie de la letra. Otra objeción que habría que hacerle a la novela es el insistente detallismo en los métodos de tortura de Victor Lars, que ocupan muchas páginas; con una tercera parte menos, Lars habría sido igual de malo y la novela habría resultado más equilibrada. No obstante, estamos ante un consistente bestseller de factura internacional; una vía que el Premio Nadal ha sabido reconocer a tiempo.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 24/02/2001

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03/02/2001

Juan Perucho. El Barón y las bestias del infierno

Juan Perucho. El Barón y las bestias del infierno. Xordica. Zaragoza, 2000. 135 páginas. 1.500 pesetas.
       
       Engaños exquisitos, Cadáveres viajeros
       
       Hay muchos lectores que proclaman orgullosamente su "peruchismo", conscientes de que la devoción por Joan Perucho (Barcelona, 1920) les hace partícipes de una concepción de la literatura que conlleva el gusto por la buena mesa, por los viajes y por el lado misterioso del pasado. Este escritor, un adelantado de la metaficción histórica, sigue practicando sus dotes para fabular desde dentro de otras invenciones más amplias y para regodearse con las cualidades de las palabras. Su habitual riqueza de léxico y su amenidad en la narración-a la que gusrta llevar hasta las lindes de la fantasía—pueden encontrarse de nuevo en El Barón y las bestias del infierno, traducida de la edición en catalán, publicada por editorial Columna en 1996.
       Esta novela comienza con cierto esoterismo cuando, del huevo filosófico que cuida el Barón de Maldá, nace un diminuto hombre elegantemente vestido-el homúnculus alquímico-llamado Zoror, dotado de poderes paranormales y, además, políglota; no hace falta decir que todo está sostenido por una erudición llena de mentiras verdaderas, en el más puro estilo de Perucho. De ahí se pasa con fluidez a la biografía de Don Antonio de Campmany, representante de la provincia de Barcelona en las Cortes generales de Cádiz, ciudad en la que muere en 1813. Décadas después se decide trasladar el cadáver a Barcelona. Y ahí empieza el laberinto peruchista, poblado por seres reales nuevamente inventados, manuscritos, libros polvorientos, hechos maravillosos y cosas muy de la tierra. Al final, uno no sabe si ha sido engañado o no, pero está claro que ha pasado unas horas muy entretenido.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 03/02/2001
       Aunque esta reseña se incluye dentro de la sección "Escritores en lengua española", esta obrita fue escrita originariamente en catalán.

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01/02/2001

Luis Goytisolo. Diario de 360 grados

La reseña de Diario de 360 grados, de Luis Goytisolo, publicada en el número 50 de Revista de Libros, página 45, puede consultarse pinchando aquí en archivo PDF.

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27/01/2001

Manuel Longares. Romanticismo

Manuel Longares. Romanticismo. Alfaguara. Madrid, 2000. 496 páginas. 2.850 pesetas.
       
       Crónica de una Burguesía Improductiva
       
       Los tiempos más cercanos son los más oscuros y esa oscuridad que produce la falta de perspectiva es la que está tentando a los escritores españoles a la génesis de una literatura de la transición. Desde Días Contados, de Juan Madrid, esta literatura se ha centrado en el desengaño de la izquierda ante la evolución de un socialismo más atento al parqué bursátil que a las reivindicaciones sindicales. Directa u oblicuamente, el material narrativo se buscaba en el síndrome de la decepción generacional: a los chicos de mayo del 68 les gustaba-así de simple-ser ricos.
        La quinta novela de Manuel Longares-después de Soldaditos de Pavía (1984), Operación Primavera (1992), No puedo vivir sin ti (1995), y la primera y más conocida de todas, La novela del corsé (1979)-aborda la transición por donde menos podría esperarse: por una crónica social de la burguesía improductiva del barrio de Salamanca de Madrid. Longares, nacido en esta ciudad en 1943, parece conocer este barrio muy bien. Sólo así se explica que logre dibujar con extremada precisión este tapiz de una corte del ocio, goyesco, barojiano y valleinclanesco. También está Galdós y las columnas de Umbral, los chistes de Chumy–Chúmez y la tercera de ABC. Hay una tradición de gran novela realista muy entremezclada, más en el fondo que en la superficie, con la tradición del periodismo testimonial. Longares sitúa su creación entre los límites del objetivismo y su deformación, imbuyendo el texto de ironía malévola, sin ser burlona. Pero ¿es ironía realmente o es un relato puramente objetivo de las maneras, el lenguaje, y los mecanismos de reflexión de una especie urbana muy particular? Habrá lectores que consideren Romanticismo una novela antigua; nada más falso: Longares consigue hacer eso tan difícil como es adaptar su estilo al de los tiempos que transcribe. Esto es habitual en la novela de género histórico, de contenidos anteriores al siglo XX. Pero reproducir los giros, las frases hechas, el léxico del español de hace 25 años no deja de ser una proeza. Y no sólo se recrea el lenguaje, sino-y éste sería su rasgo más destacado-se reproducen los gestos sociales. Comprar bartolillos para merendar en Viena Capellanes junto con brioche para el desayuno, perfumarse en Alvarez-Gómez, encargar retratos a Villasevil o tomar el aperitivo en California, después del paseo por Velázquez hasta Castelló, son señales de clase, identificadores de lo que en la novela se nombra como "el cogollito" de las familias bien madrileñas.
        Las 500 páginas de Romanticísmo están divididas en tres partes. En la primera, llamada Sepulcro de la memoria, la acción se sitúa en los días previos a la muerte de Franco, con retrocesos hacia la década de los 60. Se reconstruyen aquí los años de juventud y los nueve primeros de matrimonio de Pía Matesanz y José Luis Arce. Ellos encabezan el círculo de ociosos rentistas y nos dan las claves para entender la liturgia de unas gentes que temblaron con la muerte del Caudillo y la vuelta de los "rogelios", que probablemente les pasarían a cuchillo y les quitarían "los amorcetes desnudos jugando con un caniche" y otros objetos de valor. José Luis Arce, un "corazón de oro" para el capellán de la familia, organiza un comando que hace salidas nocturnas a cazar rojos en los barrios de los pobres.
        La segunda parte se titula Desajustes y se ocupa del periodo transcurrido entre la muerte de Franco, "esa fatalidad biológica, inconcebible para la tertulia de Balmoral", y el triunfo electoral del socialismo. Son años de duda, de adaptación a los nuevos tiempos, adaptación que en los Arce significa quedarse sin servicio los fines de semana y tener que entrar en la cocina a preparar bocadillos. Pero este capítulo está marcado también por la crisis. Primera crisis: una dama es secuestrada por dos jóvenes pijos y violada; segunda crisis: Virucha, la hija de Pía y José Luis, es sorprendida con una amiga pidiendo limosna en el retiro ( y es que Virucha va para artista y bohemia; de hecho, acaba siendo periodista) y tercera crisis: Pía es testigo en el jacuzzi del gimnasio de una escena de intimidad entre su marido y un amigo de la familia. Hay un atentado de ETA en el barrio, pero eso no supone ninguna crisis, tan sólo un susto.
        Restauración es el nombre dado a la última parte, que comienza ese día de octubre de 1982 cuando "los humildes ganaron las elecciones y protagonizaron la historia". Entre los diez millones de españoles que votaron al PSOE, estaban Marta Pombo y Santos Panizo. Él, contable, y ella, escritora oculta; ambos, sindicalistas reivindicativos, "rogelios". Ellos asisten a la adaptación del "cogollito" a ese socialismo financiero que igualó a los ricos de siempre y a los advenedizos. Virucha entra a trabajar en la emisora de su tío. Marta Pombo se come el orgullo de clase trabajadora para venderse profesionalmente y ascender. Mientras, su marido sigue dando caña sindicalista y acaba convirtiéndose en un ejemplar test imonial de la izquierda.
        Longares ha entrado con estrategias de gran escritor en la historia social de nuestro reciente cuarto de siglo de democracia. No hay un análisis político, ni párrafos de autor explicando lo que ya es patente. El ha elegido a unos supervivientes (fijémonos en los nombres: Lalo Pipaón, Luismi Fonseca, Chema Bacilagupe, Sisela Bonmatí, Goreti Peñalosa), que carecen de valor pero a los que les sobran los bienes muebles e inmuebles y les ha dejado que se expresen por sí solos. Por el retrato que Longares hace de esa gente-a veces, eso sí, excesivamente coral, sin individualidades de especial enjundia-y la visión de esos tiempos, artificiosa y natural, objetiva y esperpéntica (y poco romántica, la verdad), esta quinta novela suya puede llegar a deslumbrarnos.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 27/01/2001
       *El título original de la reseña era "Nada cambia y ya nada es igual" pero en la redacción prefirieron ponerle el que figura arriba, quizá más periodístico.

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13/01/2001

Roberto Quesada. Big Banana

Roberto Quesada. Big Banana. Seix Barral. Barcelona, 2000. 315 páginas. 2.800 pesetas.
       
       La manzana picante
       
       Residente en Nueva York desde hace una década, Roberto Quesada (Honduras, 1962) es autor de cuatro obras de narrativa. La última, que es su segunda experiencia como novelista, es Big Banana, cuyo título tiene un inequívoco olor a comedia, sutil y, no obstante, lleno de fuertes componentes aromáticos. No se trata de una parodia insignificante el que dentro de la Gran Manzana, crezcan plantas propias de latinoamérica: la inmigración hispana crea barrios y guetos en los que se habla español y se vive un poco a espaldas de la eficiencia anglosajona. En los platanares del sur del Bronx, se trabaja para vivir y se vive para charlar, tomar café, bailar, como si siempre hiciera calor, como si la temperatura sexual fuera siempre felizmente alta.
        Se podría decir que Roberto Quesada ha inventado una historia de amor y de amistad, de mitos y de sueños, pero, aunque es así, hay que inclinarse por considerarla una novela de atmósfera, de clima. En realidad, todo lo que sucede pasa a un segundo plano, dominado por la capacidad del autor para describir un mundo de mestizajes, en el que la alegría de vivir es la única seña de identidad que no puede desaparecer en la integración a una nueva sociedad.
        Eduardo Lin abandona Tegucigalpa para emprender una carrera de actor latino en Estados Unidos; lleno de pájaros en la cabeza, piensa que todo es cosa de llegar y recoger el Oscar. Su carrera como actor puramente realista empieza trabajando en la construcción y compartiendo casa con otros inmigrantes en uno de los peores barrios de Nueva York: cine social sin guionista ni cámaras, en resumen. La casa que comparte es una especie de paraíso para pobres: todos se ayudan y se enzarzan en discusiones sobre todo lo discutible: mi país es más bonito que el tuyo, la mujer americana frente a la latina, o ¿se puede decir no al sexo en nombre de una deuda de amor? La cuestión es hablar. Por eso, lo mejor del libro son las conversaciones entre Casagrande, el jefe de la tribu, y Eduardo. Casagrande es la experiencia y también la extravagancia mientras que Eduardo todavía está lastrado por el provincianismo, la conciencia política, y la sobrestima de su juventud.
       Las ensoñaciones de este actor en ciernes no son algo aislado y sin sentido porque en Honduras se dejó a Miriam, una novia más que platónicamente enamorada de James Bond. Entre ellos dos se construye-creo que en un ritmo mal sostenido-una fantasía cinematográfica que les sostiene en el día a día-algo parecido a lo que ocurre en las novelas de Manuel Puig-y que, al contrario de lo que cabría esperarse, no les conduce al batacazo sino a una aceptación de sus propias vidas; Miriam lo sintetiza muy bien cuando llega a conocer a Roger Moore, el actor que entonces encarnaba al agente 007: "entre James Bond y Moore, prefiero al humano". Si Miriam representa esa dosis de locura necesaria para ser la novia de un actor, Andrea, el ligue del seductor Eduardo en Nueva York, personaliza el sentido común. Así, con la ayuda de estos personajes femeninos, el autor da forma a un héroe que necesita tanto de la ficción como de la realidad. Y no sólo a un héroe, porque Miriam es transmisora de su concepto de la narración. La literatura y el cine deben ser veloces: "cualquier cosa que no cumpliera con el requisito del movimiento, se convertía para ella no sólo en aburrida sino inútil en la faz de la tierra". Así, cabría deducir que Big Banana es veloz; lo parece, hay cambios de escenarios, múltiples personajes, un poco de coca y un poco de guerra, tiene un pie en la calle y otro en el celuloide. Pero insisto en que su máximo interés está en ese terreno de todos y de nadie, que es una gran burbuja, en forma de plátano, del aire procedente de América Central. Un globo festivo que flota sobre una manzana grande.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 13/01/2001

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