Escritores del mundo

17/05/2009

Georges Perec. Plegarias no atendidas

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       Hola. Un locutor de radio muy respetado en Francia ha sido Bertrand Jèrôme. No, no voy a hablar de monsieur Jèrôme, al que nunca he escuchado, pero al que es obligado referirse porque, a principios de los años 80, tuvo un programa en el que propuso a diversas personalidades que hablaran de "las 50 cosas que querrían hacer antes de morir." Uno de los participantes fue el escritor Georges Perec y tengo su intervención radiofónica en mis manos, transcrita en un pequeño libro de tapas azules. Hoy, que es un sábado raro, con una luz crepuscular impropia para mayo, leo los deseos de Perec con la curiosidad y el reparo de quien se adentra en una habitación muy privada.
        Entiendo perfectamente su primer deseo, que parece banal para un parisino: dar un paseo en bateau-mouche por el Sena. No me es ajeno lo de querer ser turista en la propia ciudad y, así, verla con la inocencia gozosa de un extraño en vacaciones. A continuación, Perec se mete en un terreno más práctico y expresa el deseo de decidirse a tirar ciertas cosas que guarda "sin saber por qué." Cuidadito con esas decisiones; se corre el riesgo de que, pasado un tiempo, lo que uno tiró vuelva a la memoria como algo imprescindible pero ya irrecuperable. Y sigue con algo que resulta normal en un hombre como él, aficionado a los crucigramas y a otros ejercicios físicos por el estilo, y es que se lanza a desear altas dosis de aventura como viajar en globo y en submarino o ir de Marruecos a Tombuctú en camello; deseos bonitos pero... menudo sofocón le podría haber dado si alguno de ellos se hubiera hecho realidad; vaya cara habría puesto Perec de encontrarse a un jinete bereber a la puerta de su casa con los camellos preparados para una travesía de dos meses por el desierto.
        Quizá, de todo lo que él querría hacer antes de morir, lo más comprensible, lo más humano, es lo que corresponde a esas inevitables frustraciones que, más o menos parecidas, todo el mundo guarda en secreto: "aprender a tocar la batería, aprender el oficio de impresor, saber pintar, encontrar la solución al cubo de Rubik". Pero si algo me empuja a leer y releer esta lista de deseos de Georges Perec es que murió a los pocos meses de escribirla. Tenía 46 años y, que se sepa, 50 plegarias no atendidas. Nos vemos.
       
       * Georges Perec (París, 07/03/1936 – 03/1982), formó, junto con otros escritores como Raymond Quenau, el grupo denominado Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle, "Taller de literatura potencial"). Este grupo se caracterizó por los juegos léxicos y Perec llegó a escribir una novela, La disparition, en la que suprimió la letra E, la más común en la lengua francesa. Se tradujo al español como El secuestro y, en este caso, se suprimió la letra A. De todas maneras, las obras más conocidas de este autor son La vida instrucciones de uso (La vie mode d'emploi) y Las cosas.
       El listado de "las 50 cosas que querría hacer antes de morir" se puede encontrar en un bonito libro de 116 páginas, titulado NACÍ, textos de la memoria y el olvido publicado por ABADA Editores, Madrid (2ª edición en 2008).

       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que escribirlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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11/05/2009

PUSH (PRECIOUS) la novela de Sapphire, triunfa en Sundance y San Sebas

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       Dirigida por Lee Daniels y con guión de Damien Paul, la película PRECIOUS, basada en la novela PUSH de la escritora afroamericana Sapphire (Ramona Lofton), se convirtió en la gran triunfadora del festival de cine independiente de Sundance en 2009 (premio a la mejor película, premio del público y premio a la mejor actriz). Esta novela fue publicada en España por la editorial Anagrama en 1998. El periódico El País me encargó entonces la reseña del libro, que puedes leer pinchando aquí. El País, en su suplemento Babelia, dedicó toda una página a Sapphire; además de mi reseña, apareció una interesante entrevista a la autora a cargo de Javier Martínez de Pisón.
       
       * Esta película también ha ganado el Premio del Público en el festival de San Sebastian 2009.

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10/02/2001

Joseph Roth. Las ciudades blancas

Joseph Roth. Las ciudades blancas. Traducción de Adan Kovacsics. Minúscula. Barcelona 2000. 104 páginas. 1.200 pesetas.
       
       El viajero tras la luz
       
       Como un turista inseguro, con el corazón abierto como único mapa, el escritor centroeuropeo Joseph Roth (1894-1939) emprende un viaje por Francia, desde Lyon hasta Marsella, buscando "las ciudades blancas". De este pausado trayecto nacen estas notas, escritas como una antiguía, ya que Roth huye de las guías "fiables" como del diablo: "¡Cuántas informaciones falsas escriben los buenos observadores!"; el buen observador es el informador más triste porque mira con los ojos rígidos y no escucha su interior. Las ciudades blancas le hechizan a este alemán. Su historia, sus monumentos, descritos con las cualidades intemporales de su estilo, no son nada hasta que él llega a ese punto desde donde domina la perspectiva de "las níveas paredes blanqueadas por el sol y los centelleantes tejados" y de "las calles de creta blanca que desembocan en el verde de los campos". Arles tiene "el blanco plateado de la edad" y Tarascón tiene la claridad luminosa de la alegría porque Tartarín sigue vivo.
        "Ninguna guía turística nos ofrece una respuesta. Estamos aquí para preguntar. Estamos aquí para creer". Aquellos que saben viajar, deseosos de meter países en el territorio sin fronteras de su memoria, entenderán este pequeño y hermoso libro.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 10/02/2001

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02/12/2000

Amin Maalouf. El viaje de Baldassare

Amin Maalouf. El viaje de Baldassare. Traducción de Santiago Martín Bermúdez.
       Alianza Editorial. Madrid, 2000. 485 páginas. 3.500 pesetas.
       
       Un viaje para el fin del mundo
       
       Es el fin de los tiempos y para el último año del mundo, qué mejor cosa que viajar y convertirse en un hombre bueno y curioso que coge su equipaje y recorre una Europa en la que casi todo es promesa de modernidad. Con las argucias narrativas de Amin Maalouf, el lector va a ser ese hombre cuando se meta en esta corta novela de quinientas páginas. Estamos en la segunda mitad del siglo XVII y se anuncia el fin del mundo para 1666, el año que contiene todos los dígitos romanos, todos y ordenados. Ante esta inequívoca señal todos buscan un libro llamado del centésimo nombre, pero que en realidad se titula Desvelamiento del nombre oculto del Señor de las criaturas, porque encierra la clave para salvarse en el año de la bestia; en el Corán se citan 99 maneras de nombrar a Dios, pero hay otra, que conocía Noé y que le sirvió, al invocarla, para ser el único hombre que se subiera al arca.
        Si musulmanes, judíos y cristianos se ven sacudidos por una epidemia de superstición, nuestro héroe es un escéptico, un príncipe de la razón. Ya se sabe, contra superstición, cultura. Baldassare Embriaco, comerciante de curiosidades y libros antiguos en Gibeleto, un pueblo de Líbano, descendiente de una poderosa familia de Génova, se ve impelido a abandonarlo todo en pos de un libro en el que no cree, presionado por la inocencia, cuando no simpleza, de familiares y amigos. Baldassare tuvo el libro en sus manos pero hubo de entregárselo a un caballero de la corte de Francia. Recuperar ese tesoro es el motor que mueve esta aventura, llena-nunca mejor dicho-de peripecia por tierra y mar.
        El viaje del genovés se apoya en muchos subargumentos, que dependen de con quién se cruce y de dónde esté: bandidos otomanos, ricos comerciantes venecianos, locos capitanes de navío, sacristanes y muchos más desde Trípoli y Constantinopla hasta Amsterdam y Londres, pasando por la isla de Quíos, Tanger o Lisboa. La ideología que ampara el relato es una exaltación de lo mediterráneo como símbolo de la tolerancia, de la adaptación a muy diversos pobladores, de la alegría de vivir. El mediterráneo no es apocalíptico, parece decírsenos, pero sí lo es cualquier religión cuando se apodera de mentes simples.
        Todas las novelas de Amin Maalouf retratan un mismo clima forjado por la geografía, la historia y los radicalismos religiosos de la parte oriental del mediterráneo. Su mayor éxito ha sido León el africano, que le ha descubierto como un extraordinario autor de algo más que bestsellers históricos, pero no hay que olvidarse de Las cruzadas vistas por los árabes, Las escalas de Levante o La roca de Tanios, de un total de nueve títulos. También ha escrito un ensayo, Identidades asesinas, que no es otra cosa que un ordenamiento de la teoría que condiciona su narrativa, en la que se defiende el respeto hacia las culturas minoritarias desde la integración y nunca desde postulados excluyentes. Su oposición a las políticas de discriminación por razones religiosas o étnicas podría explicarse por la misma biografía de Maalouf: libanés residente en París, que habla árabe y francés, y en cuya familia más directa hay católicos, protestantes y musulmanes.
        Escrita en forma de diario, El viaje de Baldassare, es, en realidad, la confesión de un hombre de 40 años que ha nacido antes de tiempo. Dividido entre el orgullo de sus raíces y la pasión por conocer mundo, entre sus propios principios y la vulnerabilidad ante las creencias de su entorno, entre su familia y las cuatro mujeres que le enamoran, Baldassare es un personaje complejo, lo que le hace muy moderno. Su cuaderno de viaje, cuidadosamente escrito, nos desvela a alguien muy sincero en su introspección, que no reniega de la duda: "¿Para qué recorrer el mundo si sólo voy a contemplar lo que está dentro de mí?"; en cuanto al amor-considerado como un equilibrio de pasión y racionalidad—el viajero se vuelca más en la literatura: "Ojalá pudiéramos vivir y amarnos así en la penumbra...y embriagarnos con el vino herético y amores condenados"; otras veces es de una sencillez contundente como cuando el 1 de enero de 1666, al ver que no pasa nada, escribe: "El año de la Bestia ha llegado...y en la vecindad he oído un gallo". La novela contiene, pues, dos textos: uno, un sagrado tótem constantemente nombrado, el señuelo de la aventura, y otro, el diario del genovés. Y pocas páginas de la novela hay que leer para que el segundo pase a primer plano y el primero, a anécdota. Amin Maalouf ha conseguido inventarse la hermosa aventura de una víctima del escepticismo a través de un viaje, que, al fin, ha sido muy corto: "de Gibeleto a Génova, dando un rodeo"
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 02/12/2000

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26/09/1998

Sapphire. Push

Sapphire. Push. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. Barcelona, 1998. 180 páginas. 1.900 pesetas.
       
        Adolescentes y malditos
       
        Un asesinato, unos niños quemados en el incendio de su casa o un recien nacido que aparece en un contenedor: solamente las noticias de impacto periodístico traen el zumbido de esas poblaciones silenciadas que son los barrios del cinturón de las grandes ciudades. Simultáneamente a las reyertas, al trapicheo de la droga o a las sirenas de la polícía, hay una vida cotidiana de cocina, televisor y dormitorio que es como un infierno cutre y cruel, como una tienda de 24 horas con un surtido inimaginable de indignidades y abusos.
        Sapphire (o Ramona Lofton) nos trae un testimonio de ese infierno en la voz de una adolescente de Harlem: a los doce años tiene una hija, una niña con síndrome de Down, de su padre; a los dieciseis se vuelve a quedar embarazada y el parto es, pongamos un adjetivo insuficiente, traumático: en el suelo. mientras su madre le da patadas y la insulta. Más adelante hay más atrocidades, que ni siquiera asustan a los asistentes sociales porque hay muchos casos como el de ella o incluso peores. La vida de Precious—contada en primera persona en una mezcla de confesión oral y diario—es una vida marginal en un contexto de marginalidad institucionalizada.
        Sapphire ha escrito una novela de aprendizaje con una heroína que ya ha aprendido todas las características del horror pero que sueña con una existencia normalizada. Y lucha—o empuja (push)—para conseguirla con la ayuda de un hada buena, una maestra orgullosa de ser negra y de ser lesbiana, que hace despertar la autoestima y la rebeldía de su alumna.
       Le enseña a aceptar su color y a rechazar su destino de mujer maltratada haciéndole leer las novelas de Alice Walker—El color púrpura— y a conocerse y a ordenar pesadillas con la escritura de un diario. La libertad que le da a Precious conocer las palabras le permite ajustarse a una sociedad que antes simplemente odiaba. Al principio—antes de saber el orden del alfabeto—, Precious vive en una guerra de clases: los sucios contra los limpios, los que se enamoran y deciden tener hijos contra los que tienen hijos de una violación; las chicas de pechos pequeños y piel blanca que salen a pasear con sus padres contra las negras gordas que sólo conocen la sombra del padre acercándose a su cama. Admiradora de las consignas radicales del líder Farrakhian, llega a cambiar el poster de éste por uno de Alice Walker; así es la evolución de Precious, de rechazarse a sí misma y de tener una visión simple y rencorosa de los demás acaba por quererse y por comprender que muchos de sus verdugos son otras pobres víctimas como ella. Push es una novela que mezcla cruda realidad incorrecta—de esa que no se quiere saber mucho—con un enfoque políticamente correcto, ligeramente conformista, a través del que todos salen bien parados. Sapphire ha escrito una nueva versión de Ojos azules, la novela de Toni Morrison en la que una niña negra sueña con parecerse a Shirley Temple, dándole la intención de un manifiesto social, teñido, eso sí del más puro pensamiento positivo: si tu empujas, alguien acudirá en tu ayuda y ganarás la batalla.
       
       *Si te ha interesado este artículo, puede que también te interese este: Toni Morrion. Ojos azules.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 26/09/1998

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04/07/1998

Bashkim Shehu. Confesión junto a una tumba vacía

Bashkim Shehu. Confesión junto a una tumba vacía. Traducción de Ramón Sánchez-Lizarralde. Ed. Península. Barcelona, 1998. 152 páginas. x.xxx pesetas.
       
        Travesía de la desolación
       
        El que fue hombre de confianza y posible sucesor del dictador albanés Enver Hoxha desde 1949, Mehmet Shehu, muere en extrañas circustancias un día de 1981. Es el final de un declive político comenzado durante la peculiar revolución cultural emprendida por el régimen a finales de los 60. La versión oficial dice que Shehu se suicidó para, a continuación, revisar su papel político y acusarlo de traidor a su país e instigador de todas las maquinaciones contra el líder. La familia de Shehu es encarcelada; la viuda muere en cautiverio, un hijo es forzado a suicidarse y los otros dos son liberados pasados ocho años.
        Uno de ellos es Bashkim, autor de una novela—El último viaje de Ago Umeri—y de una narración autobiográfica, El otoño del miedo, saludada por la crítica francesa como el texto de mayor interés histórico y literario surgido de Tirana hasta la fecha. Pero la última novela de Bashkim Shehu, que ahora publica Península en una muy cuidada y documentada traducción directa del albanés, ha sido escrita en Barcelona, donde vive el autor. Esta ciudad es una de las cinco que en España forman parte de las Ciudades Refugio, un programa impulsado por el Parlamento Internacional de Escritores del Consejo de Europa cuyo objetivo es dar cobijo, protección y libertad a los creadores perseguidos en sus propios países.
        Lo primero que llama la atención de Confesión junto a una tumba vacía es que, siendo un relato de indiscutibles vivencias autobiográficas, pronto empieza a leerse como una aventura de ficción política, cercana al universo moral de Graham Greene pero más próxima todavía al de Kafka. Porque son el miedo a la irracionalidad como código cotidiano de conducta y la angustia permanente del absurdo las sombras que guían el viaje del héroe a ninguna parte. Cuando Bashkim vuelve a Albania con el fin de encontar los restos de su padre y de aclarar la causa de su muerte, inicia una indagación que se convierte en perfecto ejemplo de la llamada literatura de amenaza: sus pesquisas le llevan, por medio de planos que no guían sino confunden, de funcionarios lacónicos a testigos que se ausentan en el momento clave, de amigos que engañan a burócratas que todavía engañan más. Su trayectoria en busca de un cadaver acaba siendo una travesía de la desolación a través del desierto ético de una sociedad que se descompone. Los escenarios—pequeñas aldeas aisladas, pasadizos secretos, campos yermos—también acentúan la sensación de amenaza. Aunque la narración es lineal y evita cualquier alarde de estilo, el narrador hace aisladas incursiones introspectivas en las que trata de ponerse a salvo de la confusión y del desasosiego en esa espiral de realidad y pesadilla en que se ha convertido su vida.
        El libro de Bashkim Shehu no sólo es una lectura obligada para los interesados en ir más al fondo en la historia reciente de Albania sino que también es muy recomendable como relato de intriga sobre la lucha de un individuo que todavía cree en un mínimo de libertad en un territorio tan real y tan amenazante, tan inevitable y tan fantasmagórico como el descrito en las narraciones de Kafka.
       
       Juan Marín.Publicado en El País / Babelia p. 10. 04/07/1998

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18/04/1998

Arundhati Roy. El dios de las pequeñas cosas

Arundhati Roy. El dios de las pequeñas cosas. Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. Anagrama. Barcelona, 1998. 383 páginas. 2.7000 pesetas.
       
       DONDE DUELE LA MEMORIA
       
       Cada 14 de octubre desde 1969 se concede en Londres el premio Booker, el más codiciado en lengua inglesa, a la que se considera la mejor novela publicada el año anterior por escritores de la Commonwealth. Dotado con unos cinco millones de pesetas, una cantidad modesta en comparación con las sumas que ofrecen algunos premios en España, el Booker supone para su autor el prestigio de por vida además de un incremento espectacular en el número de ejemplares vendidos (de 30.000 a 300.000, como en el caso del irlandés Roddy Doyle con Paddy Clarke Ha Ha Ha) y de la muy posible adaptación para el cine en versiones de gran éxito como ha ocurrido con La lista de Schindler, Lo que queda del día o El paciente inglés.
        Este año el premio Booker ha recaído en una primera novela. Una novela excepcional, hermosa, tensa, que araña espacios interiores que estaban en calma antes de empezar su lectura. Está escrita por una mujer india, que vive en Nueva Delhi; una antigua estudiante de arquitectura, una desconocida que había firmado dos guiones cinematográficos: Arundhati Roy. Su obra se llama El dios de las pequeñas cosas y utiliza un material tan delicado como son las tripas de la memoria, indagando en aquellos recovecos donde la luz produce dolor.
        Dos hermanos gemelos se reencuentran tras más de veinte años de separación a partir de aquel día terrible en que todo cambió para mal. Rahel, la hermana, reconstruye los hechos contándoselos al lector a través de la voz de la autora, que está en todas partes, fundida con el paisaje, oculta en la sombra de los adultos e inquieta en el corazón de los niños.
       Con un método que recuerda la tragedia griega o a García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, la narradora adopta el papel de coro y por medio de frases recurrentes avisa al lector, le da pistas y le invita a la premonición de unos hechos en parte velados y en parte previsibles. De esta manera el lector queda atrapado por una trama que se desliza sigilosa pero sugerente y magnética. Este magnetismo está producido por lo que constituye la principal baza de la autora: una enorme facilidad para alternar con eficacia de la mejor ley el objetivismo descriptivo con un lirismo profundo y contundente; en este relato queda claro que el realismo es válido para transmitir la superficie de la vida pero que sólo la poesía puede conducirnos al fondo de lo inexplicable. El realismo de Arundhati Roy no es mágico—está carente de fantasía— pero sí embriagadoramente lírico. Estos dos registros se mantienen equilibrados hasta la última cuarta parte, en la que el rompecabezas de esta saga familiar se resuelve a través de un entramado decididamente metafórico: la verdad profunda, que no es otra cosa que el grito de la memoria, ha de oirse con la voz que usan los poetas.
        Pero no sólo es el estilo lo que da fuerza a esta narración, que también se apoya en un espíritu muy claro de rebeldía; de hecho, toda la tragedia se desencadena porque sus héroes transgreden las leyes del amor, que "establecen a quién debe quererse. Y cómo. Y cuánto". Roy cimenta su peripecia argumental en oposiciones: representación frente a vida, civilización frente a naturaleza, y la rutina frente a lo inesperado. Así pues, cuando se hurga en los recuerdos, se descubre con dolor cómo la tradición de un país, la historia del mundo y la obediencia de la familia a esa historia y a esa tradición están marcadas por "la urgencia subliminal de destruir todo lo que no se puede someter ni deíficar". El dios de las pequeñas cosas es un gran relato sobre la libertad y el amor, arrancado del espacio universal, oscuro y turbulento de la memoria.
       Juan Marín
       Publicado en El País/Babelia, p. 16. 18/04/1998

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10/01/1998

Terry McMillan. De cómo Stella recobró la marcha

Terry McMillan. De cómo Stella recobró la marcha. Traducción de Roser Berdagué. Anagrama. Barcelona, 1997. 361 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Entre el Rosa y el Negro
       
       Una asesora de inversiones de 42 años se enamora de un hombre de 21, que es extranjero, guapo y no tiene oficio. Cientos de luces de alarma se encienden alrededor y dentro de ella misma en el lógico revuelo de los prejuicios: ¿es posible vivir con naturalidad una relación tan marcada por la diferencia de edad y posición social? Tradicionalmente la literatura ha tratado con crueldad este tipo de historias de amor; por el contrario, McMillan aborda la suya con optimismo—ella es una buena representante del pensamiento positivo californiano—y con el descaro y la sinceridad que caracterizan su estilo pero esta vez algo ha fallado—¿el sentido del humor, quizás?—y su relato se hunde en algodón de azúcar, en el blando suelo de inverosimilitud sentimental que es propio de la novela rosa.
        Toda la obra anterior de la afroamericana Terry McMillan—compuesta por Mama, Ahí te quedas, y Esperándo un respiro—se ha distinguido por su empeño en normalizar los personajes de la literatura de piel negra. Así pues, los ha ido despojando de victimismo segregacionista y los ha limpiado de connotaciones míticas; lo que ha de aplicarse sobre todo a sus personajes femeninos, que han dejado de ser heroínas en un mundo de blancos despóticos y maridos dominantes para ser muy parecidas o incluso igualarse a las rubias anglosajonas de cualquier ciudad moderna. Estas mujeres negras tienen título universitario, valoran la familia y la amistad, la gastronomía y los buenos coches, no les importa tomar la iniciativa en las relaciones sexuales y buscan en el amor una experiencia que les llene pero que no les coloque en una situación de inferioridad.
        En esta cuarta novela suya, el principal problema es que dentro de ese proceso de normalización del papel de la mujer negra, la autora se ha pasado con su heroína, Stella, que resulta ser más blanca que las blancas, hasta el punto de que una blanca así no resulta tan corriente. Stella es una experta en economía, está divorciada pero mantiene una buena relación con su ex-marido, su hijo adolescente es un muchacho muy tratable, es muy querida por su familia y sus amigas, tiene buena mano para la jardinería y pinta en sus ratos libres, hace alarde de su gusto por la decoración y no tiene que ocuparse de las labores del hogar porque tiene un hombre de la limpieza, un peruano de 60 años muy hacendoso; además, posee un coche de lujo y una camioneta, dos casas, y conserva una figura envidiable gracias a la ayuda de una preparadora física particular. Demasiado glamour, la verdad: definitivamente McMillan es el equivalente en narrativa a las revistas femeninas para mujeres de clase media-alta, tipo Cosmopolitan o Vogue. Y ese olorcillo a papel couché emana de todo el texto. Cuando Stella hace un viaje de vacaciones a Jamaica, nada más llegar conoce a un joven nativo de buen ver que se enamora sinceramente de ella, provocando en Stella toda una alteración en la perfecta planificación de su vida. Pero aquí no hay pasión sino un romanticismo de anuncio de crema hidratante; el exotismo es de rayos uva y la sensualidad de folleto de agencia de viajes. El estilo directo y conversacional, que constituye el mayor atractivo de la escritora, no puede romper el artificio de una historia que, encima, se ha aireado que es autobiográfica. El origen de este fracaso reside en que la autora ha perdido capacidad de ironía, mera distancia cómica, con respecto a sus personajes. En una de los escasos episodios de humor, Stella comenta los libros de lectura que se ha llevado a Jamaica; entre ellos está Esperando un respiro, de una tal Terry McMillan, del que dice: "a las cincuenta páginas llego a la conclusión de que no sé por qué ese libro ha levantado tanto revuelo...es superficial". No es nada malo escribir una novela superficial si no se pretende que sea transcendente (la gente no está todos los días em disposición de leer La montaña mágica en el metro o antes de acostarse) pero sí que hay pecado mortal cuando se da una falta de sintonía entre el enfoque y las intenciones y aquí se ha intentado contar una gran historia de amor contra corriente desde el sillón de una peluquería cara. No creo que las mujeres de cuarenta años que estén "cansadas de dejar pasar las oportunidades de ser felices que se cruzan en su camino" encuentren verosímil esta historia; otra cosa es las ganas de proyectarse en la heroína que tengan, que ellas sabrán. Pero para eso, para soñar despierto, quizá sea mejor leer a Corin Tellado.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 10/01/1998

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25/10/1997

Giuseppe Gulicchia. Todos al suelo

Giuseppe Gulicchia. Todos al suelo. Traducción de María Antonia Menini. Editorial Thassalia. Barcelona, 1997.
       120 páginas. 1.400 pesetas.
       
       Joven con humor busca empleo
       
        Muy ligera pero enormemente divertida es esta primera novela de Gulicchia, escritor nacido en Turín en 1995 y que puede añadirse a la ya larga lista de jóvenes autores europeos aparecidos en la década de los 90. Al igual que ha ocurrido en España con Loriga, Mañas o Maestre, los nuevos lectores italianos han conectado perfectamente con Nicolo Ammaniti o Enrico Brizzi, estos vendidos con la etiqueta promocional de "jóvenes caníbales". En la literatura de esta última generación hay claros elementos comunes: casi todos sus escritores parecen tender al victimismo, expuesto en un soterrado lamento de que en la sociedad creada por los chicos revolucionarios de mayo del 68 queda muy poco presente y ningún futuro para los jóvenes, que se han de comer su título universitario para aceptar un empleo temporal en una pizzería. En cuanto al enfoque elegido suele haber dos vías, paralelas o coincidentes: una es una visión poética del paso a la edad adulta, empapada de nostalgia por el paraíso perdido de la niñez y otra, una huida hacia el tremendismo de etiqueta joven, es decir, violencia, música, sexo, alcohol y otras drogas. Un tremendismo realista en algunos casos o paródico a lo Tarantino en otros. Todo esto viene a cuento para encuadrar a Giuliccia en su grupo y para apreciar en qué aspectos se aparta de él. Por encima de todo, lo que singulariza Todos al suelo es su sentido del humor, siempre presente y siempre efectivo: en las dos horas que dura leerla, se te instala la sonrisa permanentemente y la carcajada aparece con maravillosa frecuencia. Es un humor con un fondo muy crítico no exento de un escepticismo triste que lo emparenta con las películas de Nani Moretti y es ese don para lo cómico lo que anula la banalidad, lo que cambia de signo la ligereza y lo que hace que no te afecte la sombra de los tópicos.
        Walter es el personaje narrador: estudiante de filosofía, objetor de conciencia, escritor de cuentos que nadie quiere leer, inseguro joven todavía virgen. "No eres normal. A tu edad todo el mundo tiene un trabajo, un coche y una chica. Pero tú no tienes nada de eso. Tu no tienes nada de nada" Así define a Walter su padre, un ex obrero cascarrabias, un personaje exagerado adrede, que sirve para acentuar el desajuste que se da en Walter entre lo que es, lo que se espera que sea y lo que él mismo quiere ser.
        Otro valor de esta novelita es que el autor-personaje supera la tentación de constituirse en ejemplo representativo de una generación para ser, simplemente, una persona de características y circustancias individuales. Y la explicación de este logro está una vez más en el humor: pocos personajes jóvenes —por no decir ninguno— saben reirse de sí mismos tanto y tan bien como este Walter. Su paso por el servicio sustitutorio en un centro de acogida para gitanos o el empleo en una librería de lujo constituyen episodios que anuncian a un escritor satírico de primer orden. Algo que corrobora el último capítulo, en el que Giuseppe Culicchia decide que se nos hiele la sonrisa haciéndonos partícipes del momento de mayor lucidez de su personaje, el momento que podrá cambiar su vida u oscurecerla para siempre: un giro final de seriedad, un vuelco en la banalidad aparente, una muy bella visión de la esencia misma del fracaso, a la que el autor nos ha conducido con un notable sentido del entretenimiento.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 25/10/1997

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23/08/1997

Sherman Alexie. Indian killer

Sherman Alexie. Indian killer. Traducción de Jordi Arbonés. Muchnik editores. Barcelona, 1997. 448 páginas. 3.500 pesetas.
       
       EL SABOR DE LA REVANCHA
       
       Seleccionado entre los veinte mejores escritores jóvenes de Estados Unidos por la revista inglesa Granta el verano pasado, Sherman Alexie entrega con su tercera obra—todavía no publicada cuando esta selección se hizo—la prueba de que estamos ante una de las voces más originales y más atractivas de la narrativa americana. Este escritor de origen Spokane-Coeur d'Alene se dio a conocer con La pelea celestial del llanero solitario y Toro, un conjunto de relatos basados en la aventura interior de un muchacho que luchaba por hacerse adulto en los límites entre la tradición de la reserva y la modernidad anglosajona, entre el victimismo y el orgullo de un pueblo derrotado. Especialmente, aquellas historias indicaban gran pericia para convertir los materiales más poéticos en puro realismo. Su segundo libro, Blues de la reserva, constituyeron cierta decepción debido a la endeblez de la trama, aunque el estilo de Alexie seguía poderoso y brillante. Pero una novela no se hace sólo con buen estilo. Ahora, todas las dudas se han disipado con Indian killer, una excelente y perturbadora novela que sigue las convenciones del género criminal pero que va mucho más allá de lo que podría considerarse un thriller étnico.
        En principio, hay una biografía: nada más nacer de una madre adolescente, un niño indio es arrebatado y entregado en adopción a un matrimonio blanco. En medio de un fuerte extrañamiento, ese niño cultiva una nostalgia de sus orígenes que le hace rechazar a medida que crece el mundo que representan su buenos y rubios padres. El paisaje de su nostalgia es el de un ámbito entre la leyenda y la historia, cargado de ensoñación mítica, anterior a la llegada del exterminador blanco. Ya adulto, empieza a alimentar el deseo de "ver miedo en unos ojos azules" para acabar convencido de que su misión es matar a aquel que personifique la culpa de un crimen colectivo, a aquel "responsable de que todo haya salido mal". Así pues, por las calles de Seattle se pasea un asesino que arranca el cuero cabelludo de sus víctimas y por encima de los rascacielos las señales de humo anuncian el gozo de los nativos americanos que ven en él la llegada de un mesías vengador.
        La novela de Alexie escarba en heridas no curadas y lo hace con lucidez y rabia: por un lado está el blanco conservador que piensa que no se mataron suficientes indigenas; por otro, los americanos que ven en esas tribus indias la única tradición posible, aquella de la que emana la inocencia. Y en medio, los propios indios, nada dispuestos a compartir su misterio, en tanto que compartir significa someterse. La novela transmite la idea de que la fantasía de la revancha es un elemento poderoso en la cultura del moderno indio norteamericano. Un personaje lo explica así: si Jerónimo o Toro Sentado volvieran, verían a los indios sin hogar, a sus bebés con síndrome de alcoholismo; verían las miserables reservas y cuando escucharan "una de esas canciones de mierda de Disney, sentirían deseos de hacer daño a alguien". Alexie podría haber escrito una novela de mestizaje pero no lo ha hecho; las razas que circulan por su territorio coexisten sin mezclarse: se ignoran, se temen o se odian. En realidad, su obra es un viaje al corazón de la diferencia, al meollo del extrañamiento, allí donde se cuece un rencor informe, tan fuerte como el deseo de unir identidad y orgullo.
        Estamos ante un texto cuya lectura política se hace inevitable pero también ante un relato de tensión e intriga muy bien construido. Técnicamenete, mucho ha aprendido Alexie desde su segunda obra: un narrador que todo lo sabe y todo lo ve va desvelando al lector partes de la trama desde la perspectiva de cuatro personajes principales, el asesino múltiple, una india radical, un locutor de radio y, todo un hallazgo, un ex-policía que escribe novelas de tema indio porque está convenciado de que él lo es, a pesar de su piel lechosa y de su pelo rubio. A ellos se añaden una docena de peronajes que se cruzan en una danza inquietante y que conforman el escenario moral de una epopeya metafórica, que tiene tanto interés como entretenimiento policial que como documento del conflicto -personal y colectivo- de muchos norteamericanos que intentan asentar las raíces de una tradición en un exterminio. Alexie continua con su estilo de enfoque realista y resonancias poéticas aunque aquí ha preferido acentuar los contrastes con capítulos muy duros, tan contundentes como los de una novela de Chandler, y otros que recuperan la musicalidad y el poder de ensoñación de los relatos tradicionales de su gente. No es la primera vez que Jordi Arbonés traduce a Alexie y lo sigue haciendo muy bien (por eso no se comprenden deslices como "estaban complotando contra él" en la p. 159, cuando están los verbos "maquinar" y "confabular").
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 7. 23/08/1997

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12/07/1997

Patricia Melo. Killer

Patricia Melo. Killer. Traducción de Basilio Losada. Ediciones B. Barcelona, 1997. 221 páginas. 1.900 pesetas.
       
       Patricia Melo y el Oficio de matar
       
       Maiquel mata personas—delincuentes de poca monta, violadores, niños rateros— y los comerciantes le pagan, la policía le respeta y las amas de casa lo miman. En una ciudad como Sao Paulo hay más de cien casos de homicidio por cada cien mil habitantes; la gente ya no confía en los uniformes del estado: lo mejor es una empresa de servicios de seguridad, una empresa privada con despachos de lujo y secretarias y matones y policías comprados. Killer narra el éxito laboral en una estas empresas de Maiquel, un muchacho con talento natural para matar.
        Patricia Melo—brasileña, 32 años—ha elegido para su primera novela una voz masculina, la de un héroe de un barrio marginal que narra en primera persona su vida desde aquel día en que mató a un hombre por machismo, por aburrimiento, por nada. Es un relato veloz por un destino elegido a medias; la crónica de un tránsito hacia la ascensión y la caída, que la autora ha teñido del color de la tragedia clásica. El héroe pasea por la felicidad y la desgracia con esa mezcla de incertidumbre y determinación, de desamparo y chulería, que literariamente siempre ha sido castigada por los dioses. Ese tono shakespeariano es un acierto de Melo pero hay otros también muy claros: por un lado, la medida y precisa graduación de la historia y su longitud narrativa, tan ajustada; por otro, los bien definidos personajes dependientes del héroe, entre los que destca Érica, una especie de Lady Macbeth de favela: fuerte, pasional y egoísta pero incapaz de anular aquellos espacios, aquellos valores, donde se cultiva la culpa. Paradójicamente, es el héroe mismo el que está peor construido porque su monólogo interior no es tal sino más bien una confesión al lector, llena de reflexiones más propias de la autora que del personaje. No obstante, hay que decir que el resto de elementos positivos hace olvidar los fallos en la construcción de la voz narradora. Melo sabe describir un ambiente social degradado, esa atmósfera natural de la violencia; y ésto tiene más mérito cuando no sucumbe a un tratamiento pornográfico de los episodios de sangre, tal como parece que manda la moda. Es muy de agradecer que la violencia inevitable en un relato de esta clase sea más impactante desde un punto de vista moral que visual, ya que la escritora prefiere captarla con un enfoque metafórico o elíptico en la mayoría de las ocasiones, lo que no quita intensidad a una trama que discurre con equlibrio entre la acción interior—ese viaje por el alma aturdida de Maiquel—y la exterior por las cañerías del submundo gangsteril. Todo ello hace pensar que Melo puede darnos muy buenas historias de acción, en la tradición más clásica de la novela negra: su conciencia social, su buen ojo para los personajes secundarios y su sentido del ritmo narrativo dejan poco sitio a la duda.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 12/07/1997

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