Escritores anglosajones

10/02/2009

Más sobre Douglas Coupland

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       El País me encargó una reseña de La vida después de Dios; la hice, la envié y no la publicaron. La explicación que me dieron fue que un exceso de publicidad les había dejado sin varias páginas del suplemento Babelia. Esto no había ocurrido nunca hasta entonces y tampoco volvió a ocurrir. Lo siento por Ediciones B, que habían apostado por el libro y que lo editaron con sus ilustraciones originales. Recupero la reseña que nunca se publicó (pincha aquí si quieres leerla).
       Recuerda que puedes leer la reseña crítica de Microsiervos, ésta sí publicada en su momento, haciendo click aquí.

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27/07/2008

John Cheever. El nadador

Hola. Aquí, al borde de la piscina. Enseguida me tiro al agua, que está azul y fresquita. imagenPero en esta situación, más de una vez pienso en John Cheever, un escritor americano que alcanzó la fama con una narración de quince páginas, que tituló "El nadador". Me parece una buena historia para recordar en verano: un hombre de mediana edad, de clase media alta, se recupera de una resaca en casa de unos amigos, después de la fiesta de la noche anterior. De pronto, tiene una idea un tanto peregrina: regresar a su casa nadando por las piscinas, una tras otra, de sus vecinos de distrito. Y lo hace. Son quince espacios, unos 12 kilómetros, los que le separan de su hogar. Al principio, lo reciben bien pero, a medida que avanza, nota que la gente le rechaza por motivos que se le escapan. Oye comentarios sobre cosas de su vida que él mismo desconoce; acontecimientos desagradables de los que no se ha enterado. Por fin, llega a su propia casa, que ya no se parece en nada a la que dejó el día anterior para ir a aquella fiesta. Lo que empieza como un relato de comedia acaba como uno de inquietante atmósfera.
        Lo original de "El nadador" es que el tiempo real, toda una tarde, no corresponde con el tiempo vivido, que es mucho más largo. La sensación climática es veraniega al principio pero casi invernal al final y el hombre vital que se arrojó a la primera piscina es un hombre derrotado al salir de la última. Pienso que los veranos son así, tan sólo tres meses en los que se dan cambios radicales que aceleran la experiencia: de repente, hay adolescentes que se vuelven adultos y gente que tenía el corazón vacío, encuentra a la persona de su vida. O parejas que llevaban años siendo felices, rompen. Puede pasar que aquel al que todo el mundo ha olvidado, regrese al principio del otoño, distinto e imprescindible. Creo que hay que leer "El nadador" de vez en cuando, al borde de una piscina, si es posible. Para entender el misterio del tiempo, el misterio de nuestros veranos.
       
       * John Cheever (1912-1982) es un autor americano que escribió novelas y , sobre todo, relatos. Lo que le hace más interesante es que, siendo un escritor realista, tiende a basarse en los mitos universales, llenando de complejidad historias aparentemente muy sencillas. Casi toda su obra está editada en España por EMECÉ. "El nadador" está incluido en el libro "Geometría del amor". Después de leer su obra narrativa, es muy recomendable la lectura de sus "Diarios".
       * De "El nadador" hay una versión cinematográfica, protagonizada por Burt Lancaster (al que le va el papel como anillo al dedo) y dirigida por Frank Perry en 1968.
       * Como curiosidad, me apetece recordar que una de las mejores campañas publicitarias para televisión de los pantalones Levi's se basaba en "El nadador". El spot fue dirigido por Tarsem Singh en 1992 y su banda sonora sirvió para recuperar a una extraordinaria cantante de blues y jazz, Dinah Washington, que cantaba "Mad about the boy" mientras el protagonista nadaba de piscina en piscina con sus Levi's puestos.

       
       *Este es uno de mis artículos más leídos desde su publicación en el verano de 2008 y parte de estas visitas proceden de un excelente blog dedicado exclusivamente a este escritor norteamericano, El ladrón de Shady Hill, administrado por Montserrat Vega.

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17/03/2001

Jim Harrison. De vuelta a casa

Jim Harrison. De vuelta a casa.. Traducción de Antoni Puigrós Jaume.
       Muchnik Editores. Barcelona, 2000. 479 páginas. 3.200 pesetas.
       
       La grandeza de un territorio íntimo
       
       Después de una consistente carrera como escritor, que incluía varios libros de poesía y cinco obras de ficción, al Americano Jim Harrison (Michigan, 1937) le llegó su etapa de popularidad y reconocimiento cuando su novela Leyendas de pasión (publicada aquí por Ediciones B) fue llevada al cine. Como aquélla, De vuelta a casa es también una saga familiar pero en ésta, la técnica y el estilo de Harrison se han enriquecido y depurado hasta el punto de haber logrado un hermosa gran novela americana. Harrison es demasiado clásico para aportar cualquier propuesta de innovación moral o estilística pero es suficientemente original dentro de la tradición épica que ha escogido, más que nada porque logra que la historia social de los Estados Unidos en este siglo se reduzca a un relato íntimo, introspectivo y lírico; la propuesta parece ser ésta: si te metes en el alma de unos pocos personajes, te metes en el alma de un país. Impermeable a los condicionamientos de lo correctamente político, ve esa alma desde un enfoque de izquierdas, solidario y ecologista, muy visceral.
       La estructura de De vuelta a casa se basa en tres capítulos, narrados en primera persona por miembros de distintas generaciones de una misma familia. Y este andamiaje tradicional, nada nuevo, se levanta con una consistencia y una técnica de primer orden. Pero no es esto solamente lo que hace que estas quinientas páginas de letra apretada se lean de un tirón sino también-aparte de la muy ajustada traducción de Antoni Puigrós-la compleja sencillez de sus personajes, que, en medio de todos sus conflictos, logran comunicar los valores éticos y las ideas que rigen su existencia. Son esos personajes los que hacen que esta novela pueda leerse como una epopeya moral, como una afirmación del derecho a la inocencia, de lo verdadero frente a lo engañoso.
        La narración en primera persona se justifica por la afición que hay en esta familia a escribir diarios; esto conecta con una característica-sorprendente para nuestros prejuicios-que es la de sus hábitos lectores. En las casas de estos hombres de campo hay selectas bibliotecas y los niños aprenden a pelear, a ordeñar vacas y a domar caballos a las vez que se sumergen en las historias de las Bronte o de Dickens. Uno de los personajes regala a su novia un libro de Octavio Paz, menciona a Camus y a Bruce Chatwin, y reconoce que le sumió en un desorden sexual la lectura de Henry Miller. Se trata, pues, de una dinastía de campersinos rudos e ilustrados. Hay un mensaje subliminal: la literatura es el mejor testimonio de nuestra historia, el mejor espejo de nosotros mismos.
       John Wesley Northridge II tenía 18 años en 1906 pero su diario se inicia en 1952, se interrumpe y se reanuda en 1956. Hijo de una sioux y de un primer poblador, echa sus raíces en Nebraska, llegando a poseer tierras y ganado que le permitirán amasar una fortuna; a pesar de ello, mantendrá la vida sencilla y austera de alguien cuya mejor posesión es la tierra que pisa. Medio blanco para los indios y "medio salvaje" para los blancos, tendrá continuos conflictos de adaptación a su propia naturaleza: bravucón e indómito a la vez que dotado de una enorme sensibilidad artística, quiere ganar las peleas y pintar como Turner. Esta primera parte puede considerarse una novela de aprendizaje y acción, aunque lo que Harrison resuelve con maestría son los episodios más profundos, como el enfrentamiento del viejo vaquero con la decadencia y la muerte.
       Antes de morir, John ha tenido que aceptar que su nieta Dalva, de 17 años, entregue su bebé en adopción a un matrimonio de abogados. La segunda parte es narrada por el personaje más contundente de la novela, este biznieto de John, hijo de Dalva y de Duane Caballo de Piedra, llamado Nelse. Nelse no pone resistencia a la llamada de la tierra. "Soy un nómada", dice a la primera ocasión y también reconoce sus tendencias a "ir a la caza de bomboncitos, a ingerir varios tipos de droga y al arte olvidado de la lucha a puñetazos". Este intelectual salvaje, cuya profesión conocida es la de "seguidor de aves migratorias" se ve impelido a ir en busca de su familia de sangre. Y ése será el viaje de descubrimiento de una tierra, de una manera de ver la vida todavía no contaminados por el poder destructivo del éxito, la competencia y el dinero. Nelse es una creación de una fuerza arrolladora y mucho se podría escribir sobre él, aunque yo destacaría el modo tan sutil con que el autor niega la idea de Nelse de que "los genes son un artilugio científico". El descubrimiento de un libro de Edward Hopper-un pintor que deprime a sus padres adoptivos—en la biblioteca de su abuelo o el nerviosismo que siente al pisar un paisaje que corre por sus venas, indican la sensible técnica de Jim Harrison. La tercera parte resuelve todo el enigma emocional de la novela y lo resuelve felizmente pero con el amargor de que volver a las raíces significa haberse alejado de ellas, y eso tiene un precio.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 12. 17/03/2001

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23/12/2000

Magnus Mills. Sin novedad en el Oriente Express

Magnus Mills. Sin novedad en el Oriente Express. Traducción de Julieta Lionetti. Mondadori. Barcelona, 2000. 216 páginas. 2.400 pesetas.
       
       El turista accidentado
       
       No deja de ser sorprendente que en una novela que se titula Sin novedad en el Orient Express nada ni nadie se muevan, lo que ya nos da idea del juego irónico que se propone a los lectores. A un pequeño pueblo de la pintoresca región de los lagos, al noroeste de Inglaterra, llega un turista solitario en una vieja moto de coleccionista. Y decide acampar unos pocos días antes de seguir su viaje a la india: todo un proyecto de libertad. Pero el turista se queda allí mucho más tiempo del previsto, convertido el viaje en un sueño neohippy y la libertad hecha añicos. El transcurso del tiempo en una comunidad sin mujeres y sin jóvenes, con dos bares y una sola tienda, constituye el plano argumental de esta historia. Poco interesante, la verdad, si no fuera porque detrás hay toda una maquinaria de piezas muy bien inventadas, en perfecto funcionamiento, para la transformación del material humano.
        Magnus Mills (Birmingham, 1954) saltó a las páginas culturales de la prensa por una circunstancia muy apreciada por los medios: un simple conductor de autobús había conseguido colocar su primera novela (El encierro de la bestias, 1998) en la muy selecta lista de los cinco finalistas del premio Booker, el año que lo ganó Amsterdam, de McEwan. Su segunda obra confirma la raza de escritor de Mills y nos hará olvidar su biografía de "hombre que de la nada llega a la élite". Menos ambiciosa que la primera, pero también más controlada narrativamente, Sin novedad en el Oriente Express es una cruel sátira de la explotación del hombre, de la maldición divina del trabajo manual. Próximo a Kafka, de quien toma prestada la agonía de la impotencia del héroe frente a un enemigo sin forma, Mills destaca por su sentido del humor, por su indiscutible habilidad cómica para tratar la tragedia-a lo que no es ajena la excelente traducción, nada fácil, de Lionetti—. Ello produce una lectura compulsiva porque a base de sonrisas y relajadas sensaciones se nos lleva al infierno; su novela es como una apisonadora que bailara con la gracia de una bailarina clásica: Mills se revela como un sabio para moldear la incongruencia estilística y temática con coherencia ideológica.
        El narrador es un hombre joven y hábil (buena raza laboral) que intenta adaptarse a un medio que le atrae. Enseguida siente la necesidad de ser útil para, primero, sentirse necesitado y ahuyentar la soledad y, segundo, demostrar su agradecimiento al dueño del terreno. Éste, un tal Mr Parker, le cobra muy poco por acampar. No es el único generoso del pueblo, todos los son: en el bar y en la tienda se le abren cuentas que nadie le recuerda. ¿Una celebración de la sencilla vida rural? Eso parece hasta que empiezan a llegar los pequeños trabajos: pintar una verja, cortar leña, hacer los deberes escolares de la hija del granjero, o construir amarres. Pocas horas quedan, pues, para dormir y el turista decide marcharse pero su vieja moto no aguanta la lluvia. Y allí, esperando el accidente, está Mr Parker para devolver al turista al villorrio ¿o a la cárcel?.
        Alegoría de la explotación del hombre por el capital y finísimo texto de rebeldía, la novela de Magnus Mills se erige en un original y muy medido ejercicio de estructuración. No hay un héroe enfrentado a un villano ni a una comunidad que sordamente lo esclaviza: el enfrentamiento no es posible dada la tendencia del hombre a la sumisión. Lo que hay son distintos niveles de una misma realidad-que no es más que un cuadro costumbrista de la geografía profunda de cualquier país- que se van alternando como los distintos operarios que construyeran una serie de jaulas. Cuando la atención se fija en las partidas de dardos del bar, es que esas partidas van a ser fundamentales en la degradación del personaje; si se nos llama la atención hacia el repartidor de leche, es porque sus rutinarios trayectos se convertirán en un buen candado.
        Hay una muerte accidental sobre la que no se hacen preguntas, que queda colgando. No es un punto débil, ocurre en la cadena de montaje: operario muerto, operario puesto. El autor disimula bien los símbolos de su alegoría porque no sale de las pequeñas cosas verosímiles. No obstante, algo nos dice que estamos delante de una farsa, de una deformación absurda de lo real, pero así llega Magnus Mills al núcleo de la verdad, como quien cuenta un buen chiste. Y cuando más te estás riendo, te deja boca de mueca congelada.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 23/12/2000

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28/10/2000

Rafi Zabor. El oso llega a casa

Rafi Zabor. El oso llega a casa. Traducción de Daniel Aguirre Oteiza Ediciones B, Barcelona 2000. 701 páginas. 3.100 pesetas.
       
       La metamorfosis del saxofonista
       
        Creado en 1980, el premio PEN/Faulkner se concede a la mejor novela publicada cada año en los Estados Unidos. Lo que da prestigio al Faulkner es la composición del jurado, formado únicamente por novelistas: es un premio entre compañeros, entre profesionales del arte de inventar. En la lista de galardonados están Don de Lillo (Mao II) , Richard Ford (El Día de la Independencia) o Michael Cunningham (Las horas), entre otros de igual relevancia.
       En 1998, lo ganó Rafi Zabor con esta larga y peculiar novela, que narra la historia de un oso que pasa de ser una atracción callejera a convertirse en un extraordinario saxofonista. La primera dificultad con que uno se topa es la de aceptar la existencia de un oso humano; una vez aceptada, el autor nos embarca en la peripecia de este ser por un Manhattan nocturno ahogado en el sonido del jazz más cool, que interpretan músicos reales como Lester Bowie u Ornette Coleman. Ellos se asombran más del virtuosismo del Oso con su instrumento que de que éste hable inglés y cite a Shakespeare. El mismo efecto pretende causarse en el lector, que se olvida de la naturaleza animal del héroe hasta que el autor se la recuerda, lo que hace intermitentemente. ¿Por qué un oso? Quizá porque Rafi Zabor intente transmitir la catarsis que pueden alcanzar los músicos en una jam-session, cuando la emoción creativa les lleva a los límites de lo humano, transformándoles en criaturas insólitas. ¿No fueron Louis Amstrong o John Coltrane unos animales míticos, capaces de arrastrar al paraíso a los amantes del jazz? Por otro lado, el oso es un animal cuya fuerza y tamaño han inspirado siempre ternura, lo que intensifica el grado de soledad y desamparo del protagonista de este relato, puesto de manifiesto en la historia de amor con la joven Iris. Cruce de fábula, melodía improvisada y retrato social, El oso llega a casa constituye una novela imprescindible para los adictos al jazz, que pueden añadir a Zabor a la lista de escritores apasionados por esta música de libertad y humo, como Scott Fitzgerald (El Crack-up) y Julio Cortázar (El perseguidor, Alrededor del día en ochenta mundos).
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 28/10/2000

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07/10/2000

Kent Haruf. Plainsong

Kent Haruf. Plainsong. Traducción de Agustín Vergara. Planeta. Barcelona, 2000.
       314 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Cuatro o cinco cosas que importan
       
        El éxito inesperado de Plainsong , la tercera novela de un escritor semidesconocido, tiene una explicación principal: el magnetismo de su sencillez. El título resulta ya muy significativo: salmodia, la más simple de las melodías asociadas a los oficios religiosos. Sin estridencias, sin grandes pretensiones literarias, con unas pocas lecciones bien aprendidas sobre el oficio de narrar, Kent Haruf ha inventado una historia que todos pueden entender y con la que todos pueden disfrutar. Lo consigue apoyándose en algunos mitos universales pero muy americanos: la familia, la pequeña comunidad y el ciclo de la naturaleza, pero es lo suficientemente astuto para hacer que todo parezca nuevo. Probablemente el autor parte de una premisa: la pequeña comunidad americana también acusa las convulsiones de una nueva sociedad—las madres adolescentes, el aborto, la violencia escolar o las familias monoparentales—, pero conserva en su memoria profunda los valores básicos para hacer frente a esas agresiones.
        La novela gira alrededor de tres ejes temáticos: dos hermanos, Ike y Bobby, de ocho y nueve años se inician en la aventura de vivir a través de un viaje clásico, que va del descubrimiento del sexo hasta el contacto con la muerte, pasando por el enfrentamiento con lo inevitable-su madre sufre depresiones y los deja a cargo del padre-y con la existencia indisimulada del mal; paralelamente, una muchacha de 17 años, Victoria, se queda embarazada y es expulsada de casa, siendo acogida por dos viejos granjeros-los hermanos McPherson-que han vivido siempre solos y dedicados a la cría de ganado. Por último, está el enfrentamiento de Tom Guthrie-padre de Ike y Bobby-con un alumno macarra. Todo ello sucede en el pueblo de Holt, a unos 60 kilómetros de Denver, capital del estado de Colorado. Esta cualidad territorial no es algo que deba pasarse por alto: Colorado, Wyoming o Montana —el noroeste de Estados Unidos—son la cuna del rearme moral, una geografía de montañas y desiertos donde tratan de conservarse las tradiciones de los primitivos colonos.
        Como se ve, no ocurren grandes cosas pero Kent Haruf demuestra una gran habilidad para universalizarlas. De momento, sabe transmitir muy bien el nunca pasa nada de los pueblos de manera que los acontecimientos que narra adquieran cierta grandeza mítica. Además, halla con indudable acierto el modo de unir esas tres historias, permitiendo que unos personajes en principio muy esquemáticos, como son los hermanos McPherson, crezcan y se constituyan en agentes-yo diría que de Dios-para reordenar el caos. Son estos dos viejos dos buenas invenciones: tienen la educación de los hombres de bien y la bondad de aquellos que viven de y para la tierra, pero resultan cómicos por otra parte: su mundo es tan silencioso y tan reducido-nacen terneras, se matan vacas, se anuncia la primavera o empieza el frío—, que la llegada de una adolescente que espera una ternera-no, perdón, un hijo-les sume en un estado de confusión pleno de desasosiego para ellos, pero rebosante de ternura y diversión para el lector. Igual de bien delineado está el personaje de Victoria, una joven por un lado resignada a un futuro marginal que, no obstante, posee el arrojo suficiente para romper el estreotipo de víctima. A Haruf le sobra intuición para saber que cuando se empieza a pisar el tópico hay que salir corriendo. Y pisar el tópico no es difícil en estas novelas que se basan en las narraciones tradicionales. El mejor ejemplo lo da con la profesora Maggie Jones, cuyo papel es el de intemediario que ha de facilitar el encuentro de personajes y la solución de los conflictos y que, contra toda expectativa, es un personaje creíble, de ese tipo de mujeres serenas y listas que conocen muy bien a los demás desde una posición discreta.
       Plainsong es un relato de buenos sentimientos hecho con una receta sin nada de azucar. Haruf lo consigue incluyendo la historia del enfrentamiento entre el profesor y un alumno eufemísticamente desagradable. Los padres del muchacho son peores que el hijo y los episodios en que éstos intervienen producen cierto desasosiego aunque también dan risa. Haruf ha observado bien el comportamiento del americano cutre e intolerante, lo que realza el acopio de virtudes de los otros personajes. Hay, pues, a veces, una mirada irónica sobre la pequeña comunidad para decirnos que no todo es tan idílico como parece. Lo idílico no son ciertamente los acontecimientos-giros infelices, sucesos traumáticos-sino la fuerza y los recursos para darles una salida positiva. Sólo en este pequeño pueblo inventado, hombres y mujeres sin familia acaban componiendo una sola, que perpetúa el valor de las cosas fundamentales: la verdad, el trabajo, la vertiente generosa y solidaria de los seres humanos. Una América que quizá sólo los escritores puedan recuperar.
        Pistas para el lector: si disfruta con Plainsong, también lo hará leyendo a Cormac McCarthy (todas sus novelas en ed. Debate) y a Norman Maclean (El río de la vida, en Muchnik)
       Son autores muy distintos pero que comparten el mismo territorio geográfico y moral.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 07/10/2000

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09/09/2000

Alan Hollinghurst. El hechizo

Alan Hollinghurst El hechizo. Traducción de Javier Lacruz. Anagrama, Barcelona 2000. 346 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Un pequeño mundo rosa
       
       Escribe Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista (Planeta, 1997) que "la disidencia con la vida real, con el mundo tal como es," sería la recóndita razón que empuja a una persona a desafiar a ese mundo real "mediante la simbólica operación de sustituirlo por ficciones", reemplazándolo por otro "construido a imagen y semejanza del que su disidencia hubiera preferido" . Pone Vargas Llosa como ejemplo a Restif de la Bretonne, un escritor francés del siglo XVIII muy apreciado por su realismo detallista, que describe muy bien la vida cotidiana de su época, en cuya obra hay una mentira: todos los personajes femeninos positivos tienen los pies pequeños y calzan exquisitos botines. El hizo que su fetichismo pasara de ser una singularidad en la vida real a convertirse en un hecho aceptado por todos en la vida inventada. Como si acabara de leer estas Cartas, la muy leída Corín Tellado declaraba en una entrevista reciente: "Yo empecé a escribir porque no estaba conforme con aquel mundo y necesité inventar otro".
        Probablemente no haya una corriente de la narrativa actual a la que puedan aplicarse estas ideas mejor que a la novela gay. Siglo tras siglo, desde sus aspectos más políticos hasta los más humanos y profundos, la homosexualidad lleva librando un combate permanente con un mundo que no la acepta. La fuerza de esa disidencia hace casi inevitable que los autores gays escriban novelas poco auténticas pero satisfactorias, en la medida en que fabrican un universo acorde con sus aspiraciones.
        Para empezar, hay que decir que Alan Hollinghurst es ahora el mejor escritor gay anglosajón. Nacido en 1954 , de la generación de Hanif Kureishi y de Kazuo Ishiguro, tuvo un comienzo deslumbrante con La biblioteca de la piscina (1988), a la que siguió La estrella de la guarda, publicada seis años después. El hechizo es de 1998. Su gran acierto es que continua la tradición de la gran novela burguesa en la línea de Forster o de Evelyn Waugh. Dotado de una técnica depurada, culto, y buen conocedor de los recursos expresivos, aparentes y ocultos, del inglés, Hollinghurst puede hacer maravillas como, por ejemplo, dotar de altura literaria un encuentro entre hombres en unos urinarios. Pero novela a novela, este escritor ha ido reduciendo la magnitud de sus argumentos y de sus escenarios: si en la primera veíamos pasar la historia del siglo XX en Londres y en la India, contada por dos voces de edades muy distantes, en esta tercera, la acción transcurre en torno a cuatro hombres en una elegante casa de la campiña inglesa. La novela recuerda a la "alta comedia" teatral, en la que unos pocos personajes juegan a la infidelidad alrededor de un tresillo.
       Robin, un arquitecto casi cincuentón, vive con su amante Justin. Robin tiene un hijo, Danny, que acabará liándose con Alex, antiguo novio de Justin. No hay mujeres en este mundo: tan solo una amiga discreta y una vecina chismosa, que aparecen poco. Sólo hay homosexuales. Se dice que la acción transcurre en Dorset y Londres pero no es verdad; todo pasa en el País de Nunca Jamás: estos personajes tienen de veinte a cuarenta años y aunque Robin es mayor, enseguida se nos dice que físicamente "está mejor que su hijo". Se prohibe envejecer. Ellos se enamoran, se desenamoran y se ponen cuernos pero todo con gran educación, con delicadeza. Son felices. La enfermedad sale a relucir en una página y media y cargada de esteticismo; como para cumplir de mala gana con un tributo. Uno, además, se pregunta cómo viven tan bien viviendo del aire: Justin es un actor sin trabajo, Danny pone copas en un bar pero se lo gasta todo en tecnopastillas, Alex es funcionario de no sabemos qué organismo. Como en otras novelas del autor, los personajes reciben herencias o son simplemente ricos y así disponen de todo el tiempo para el amor, el sexo y las fiestas. A veces, eso sí, se aburren. Sutil y entretenida pero muy falsa. Tan falsa como una novela escrita exclusivamente a la medida de los sueños de su autor.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6 09/09/2000

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12/08/2000

Nichola Barker. Al descubierto

Nichola Barker. Al descubierto. Traducción de Carmen Aguilar. Muchnik editores. Barcelona, 1999. 299 páginas. 3.500 pesetas.
       
       Playa de almas perdidas
       
       Víctima del continuo aluvión de novedades, Al descubierto fue una novela que pasó sin pena ni gloria cuando fue publicada en el último trimestre del año pasado. Con triste frecuencia los mismos libros tapan otros libros importantes en los mostradores de las librerías a la vez que los desplazan de la atención que merecen en los suplementos literarios. Muchnik se atrevió a apostar por una historia que no es fácil y que está poblada por seres humanos nada encasillables. La crítica británica ha dicho de ella que era demasiado buena para ganar el premio Booker, una aseveración que probablemente quiera decir que Al descubierto no es nada convencional. Porque el talante rebelde de la autora le empuja a seguir un doble juego: envuelve en precisión naturalista una ficción que huye de las vías psicológicas y sentimentales con que la narrativa actual acostumbra a resolver las intrigas argumentales.
        Nichola Barker tiene 34 años y ha sido hasta ahora una escritora de culto: pocas ventas, buena aceptación crítica y un grupo poco numeroso de lectores fieles. No obstante, ha recibido ya cuatro importantes premios literarios por sus dos conjuntos de relatos y por sus dos novelas anteriores. Pero parece ser que el reconocimiento general le ha llegado con la concesión del premio Impac, el mejor dotado económicamente de las islas británicas (que Javier Marías recibió en 1997) por Al descubierto.
        ¿De qué trata esta extraña novela? Es una historia de familia, de la familia real y de la inventada. De los lazos ilógicos con los que se teje un entramado de afecto y repulsión entre sus miembros. La autora nos introduce en la historia sin remilgos: Ronny viaja por la autopista todos los días y siempre ve cómo un hombre le saluda desde un puente. Picado por la curiosidad, se esfuerza en conocerlo: no tiene hogar y dice que se llama Ronny , pero eso es falso porque se llama James. Acabarán viviendo juntos. El falso Ronny acaba llamando Jim al Ronny auténtico. Éste tiene un hermano, Nathan, que trabaja en la oficina de objetos perdidos del metro de Londres. Nathan establece una relación desesperada con el falso Ronny, que acostumbra a visitar la oficina pidiendo objetos que no ha perdido pero que Nathan le da –incluyendo su propio reloj de oro-para quitárselo de encima. Todos acaban en un desolado paisaje de la costa inglesa, donde hay un pequeño pueblo, unas casas prefabricadas y una playa nudista. Allí aparecen Sara y su hija Lily, que viven de la cría de esos cerdos peludos que son los verracos. También está Luke, un solitario pornógrafo de buen ver. Y luego aparece Connie, en busca del beneficiario de una herencia. Sobre ellos planea un secreto: la activa paidofilia del padre de Ronny/Jim y Nathan. Estos solitarios desclasados son personajes excéntricos, deliberadamente ajenos a nuestra experiencia, pero que la autora no sólo los convierte en verosímiles sino incluso en admirables. Lily, por ejemplo, tiene 17 años y es, de entrada, bastante repulsiva: sucia, obsesiva, impertinente y enferma; no tiene un criterio propio pero pone orden en el revoltijo de sus deseos con una libertad y una determinación que subyuga al lector. Barker la describe como "pálida, ajena y submarina". Y esta descripción sirve como clave del estilo de la autora: omnisciente y dueña de los pensamientos de sus criaturas, solamente se mete en ellos cuando lo considera esencial, con unos comentarios que mezclan lo más sugerente del realismo narrativo y del lenguaje poético. No considera necesaria la interpretación de unos diálogos que conservan del absurdo su poder provocador y que, a la vez, se amoldan a una civilizada conversación.
        Es difícil rastrear los precedentes literarios de esta novela, en la que encuentro cierta similitud con las historias y las atmósferas del cine danés en películas como Rompiendo las olas, Celebración, o Mifune. Instalados en la marginalidad o coqueteando con ella, los personajes de Nichola Barker logran hacer un hueco en sus sorprendentes conductas para alojar una oscuridad universal, profundamente humana, en la que todos creemos haber perdido algo.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 12/08/2000

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22/07/2000

Mordecai Richler. La versión de Barney

Mordecai Richler.La versión de Barney. Traducción de Miguel Martinez-Lage. Mondadori. Barcelona, 2000. 435 páginas. 2.800 pesetas.
       
       Nostalgia sentimentalmente incorrecta
       
        No sólo "la nostalgia ya no es lo que era"-como decía Simone Signoret-sino que además "es un absurdo pasatiempo", como escribió Luis Alberto de Cuenca; ciertamente, uno no puede evitar la mención de estas citas tras la lectura de La versión de Barney , una novela que se empeña en viajar por la nostalgia con un espíritu tan crítico que la despoja de toda complacencia. El pasado es un tiempo de equivocaciones, parece ser el mensaje del autor o de su personaje narrador, y si ya no hay manera de corregirlas, nos queda el consuelo de narrarlas por escrito. A sus 67 años, el escritor Barney Panofsky se ve obligado a dar la versión de su propia vida ante la publicación de una autobiografía de su en otro tiempo amigo Terry McGiver, llamada Del tiempo y de las fiebres. Estamos, pues, ante unas falsas memorias, pero que a base de irritación, visceralidad y soberbia pueden parecer verdaderas.
        Mordecai Richler (Montreal, 1931) es autor de una obra considerable que cultiva muy variados géneros, como la literatura infantil o los ensayos y artículos sobre la identidad cultural de Canadá; pero, sobre todo, Richler es conocido por sus nueve novelas, de las que sobresalen El aprendizaje de Duddy Kravitz (1959) y Solomon Gursky estuvo aquí (1990). La crítica anglosajona lo considera un satírico que utiliza el humor negro para hablar de los perdedores y antihéroes que quedan excluidos o se automarginan del modelo de sistema político, social o cultural imperante: judíos entre gentiles, pobres vagabundos entre ricos, o borrachos lúcidos-al estilo de Bukowski-entre pulcros intelectuales a la moda.
        Esta predilección por esos personajes se magnifica en la figura de Barney: judío, alcohólico, mujeriego, insociable, y maleducado en tanto que cree que la sinceridad es su principal virtud. En un estado de permanente mal genio, que no sólo corresponde a su manera de ser sino que está provocado por las mentiras de la autobiografía de su enemigo, Barney carece de la mínima compasión cuando juzga a los demás. En su descargo podría decirse que es igualmente duro consigo mismo: "Ésta es la verdadera historia de mi vida echada a perder: no hay más que insultos que vengar y heridas que curar"; pero aun siendo tan amarga la visión de su existencia, no tolera las acusaciones de McGiver cuando éste le describe como un intelectual fraudulento, un borrachín violento y seguramente un asesino. Barney intenta recobrar parte del sentido que haya tenido su vida y para eso tiene que "descodificarla". No es tarea fácil: se casó tres veces; su primera mujer se suicidó y se convirtió en una figura emblemática del feminismo, la segunda le abandonó en busca de mejores amantes y la tercera, que fue su gran amor, también le dejó. Su único amigo, un tal Boogie, se va autodestruyendo hasta morir asesinado, crimen del que Barney es el principal sospechoso. La descodificación es, pues, compleja y la novela formalmente se adapta con coherencia a esa tarea. Narración en primera persona, cartas, entrevistas, extractos del libro de Mcgiver, y un epílogo escrito por su hijo potencian con su diversidad textual el flujo ininterrumpido, aunque un tanto espeso y sobrecargado, de estas falsas memorias. Es una novela de un personaje acaparador, excesivo, pero que contiene una geografía interesante: París y la vida bohemia de la década de los 50, Montreal y la comunidad judía, o Canadá y las pretensiones separatistas de Quebec en los 80.
       Pero lo que queda, por encima de todo, es el discurso del viejo Barney, desbordante de insolencia e incorrección política porque quizás volver al país del pasado con la artillería de un rebelde cascarrabias sea la mejor manera de revivir la juventud.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 7. 22/07/2000

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08/07/2000

Caryl Phillips. La naturaleza de la sangre

Caryl Phillips. La naturaleza de la sangre.Traducción de Gian Castelli. Alianza Editorial. Madrid, 2000. 258 páginas. 2.200 pesetas.
       
       Cuando los vivos envidian a los muertos
       
        La parte más malsana de Venecia en el siglo XVI eran los terrenos antiguamente ocupados por una fundición de hierro-ghetto, en italiano-al norte de San Marcos. Allí se obligó a vivir a los judíos. Condenados a la superpoblación y a una autonomía antinatural, tenían que sobrellevar el día a día del castigo y la culpa. Quizá los judíos nunca hayan podido abandonar el gueto del todo: calles, límites, olores, sonidos, miedos que han dibujado el plano del alma de un pueblo.
        El gueto, como nombre de una nueva dolencia moral que se transmite entre generaciones, es la idea motriz de la novela de Caryl Phillips. Este escritor ingles de 42 años, nacido en las Indias Occidentales ha escrito ya cinco novelas y un ensayo, La tribu europea. Phillips es un autor comprometido con las causas raciales y las migraciones, muy dotado para encubrir la investigación histórica en invenciones novelescas, lo que le ha hecho ganar el premio Martin Luther King.
        La naturaleza de la sangre es una narración poco arriesgada pero que crece con potencia a partir de una buena estructura, edificada sobre dos pilares argumentales. Por un lado, seguimos la saga de una familia judía acomodada desde el nazismo hasta nuestros días en un proceso cronológico: gueto y humillación, deportación y muerte, liberación y heridas; pero este proceso no está contado de una manera lineal porque los saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo son constantes y hay alternancia de voces narradoras. Además, aunque una de las hijas, Eva, se constituya en la heroína conductora de la trama, es un hermano del padre el que de una manera oculta va cerrando el círculo de la historia. Eso sí, como buen escritor anglosajón, Phillips no permite que su novela no se pueda leer con facilidad.
        Paralelamente a esta linea argumental hay otra, que discurre en tiempo y geografía muy lejanos: siglos XV y XVI en Venecia. Esta Serenísima República acaba de pasar la epidemia la peste, de la que se ha culpado, cómo no, a los judíos. Estos habían llegado poco antes allí, huyendo de la persecución en Colonia, y de ellos se decía que sacrificaban niños y que arrojaban sus cadáveres a los pozos, infectando el agua. Causantes, pues, de la peste pero respetados como prestamistas, los judíos se ven obligados a aceptar las duras leyes del confinamiento y las muy estrictas normas sobre sus actividades profesionales. Aquí, Phillips hace una reconstrucción de gran interés de la ideología de una nación tolerante como Venecia que, como supo ver Shakespeare en su Mercader, entronizó el nuevo concepto del dinero. Sobre este fondo historicista, el autor elabora un relato de amor interrracial, a cuyo héroe, un general africano al mando de los ejércitos de Venecia, también se le integra en las fuentes creadoras del Otelo shakespeariano.
        La naturaleza de la sangre no es una novela sobre la segunda guerra mundial y las políticas de exterminio del partido nazi, sino sobre las heridas causadas por esa guerra. No estamos en un frente de batalla sino en un hospital de recuperación y convalecencia. El autor ha huido de la descripción visceral del tormento físico y de las truculencias tradicionales en este tipo de narraciones para indagar en las dolencias morales, incurables en la mayoría de los casos, de un pueblo herido en su dignidad siglo tras siglo. No se habla tanto de disparos y de hambre como de inadaptación a la libertad, de suicidio, del amor sin autoestima. Una novela comprometida, sincera, que capta nuestra atención con las armas elementales de una documentación rigurosa y unos personajes que unen a su individualidad la carga de una tradición terrible, la de servir siempre como chivos expiatorios de las crisis de la historia.
       
       Juan Marín.- Publicado en El País / Babelia p. 9. 08/07/2000

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20/05/2000

Vikram Seth. Una música constante / An equal music

Vikram Seth. Una música constante. Traducción de Damián Alou. Anagrama. Barcelona, 2000. 450 páginas. 3.300 pesetas.
       
       Equilibrio y arrebato
       
       Para apreciar esta novela no es necesario ser un experto en música clásica aunque se podría decir que es casi indispensable ser, al menos, un aficionado. Estamos ante un relato de un romanticismo dolorido a partir de una historia de amor que necesita las melodías de Franz Schubert para respirar. No nos equivoquemos: solamente se trata de un problema de sensibilidad. Si el lector es capaz de vibrar con el quinteto en la mayor, más conocido como "La Trucha", Una música constante puede subirle a las alturas.
        Había curiosidad por saber cómo sería la segunda novela en prosa de Vikram Seth. La primera fue Un buen partido, un ambicioso fresco de la India postcolonial construido en torno a las vivencias cotidianas y a los sentimientos elementales de un grupo de jóvenes. Un buen partido sorprendió por su longitud-1.350 páginas en la edición española de Anagrama-y por la vía narrativa elegida, que continuaba la tradición de la gran novela río del XIX, con las maneras suaves y el humor amargo de Jane Austen. Seth también es autor de una novela en verso-La puerta dorada-y del libro de viajes Desde el lago del Cielo (Ediciones B). Ahora regresa con un relato de sólo 450 páginas y que no trata del cruce de culturas angloindio sino que es totalmente inglés, por sus personajes, por sus hábitos sociales y por el paisaje de un Londres silencioso, en el que el ruido de la lluvia se cuela en las salas de conciertos.
       En Una música constante, el violinista Michael narra en primera persona los años más recientes de su vida, marcados por la crisis de una relación amorosa con una pianista, Julia. Su narración, en el más puro estilo Seth, es detallista pero sin que haya detalle que no nos conduzca a capas más profundas de la realidad: una gata y un incidente en un ascensor le bastan al autor para transmitirnos toda la complejidad de la relación que mantiene con su padre; un pastel de Navidad es la vía elegida para que conozcamos a la vecina rica que le inició en su carrera musical y con la que mantiene una amistad basada en la gratitud y también en el temor a que le pida el valioso violín Tononi que le ha prestado. Michael está tan unido a su violín que considera que su vida en cierto sentido también es prestada, que está en manos de los demás. Su falta de responsabilidad, que le convierte aparentemente en un egoísta, no es más que la fragilidad de alguien que sabe que el sonido de la música nunca se repite, que los instrumentos construidos en la antigüedad no podrán reproducirse, que la música clásica se mantienen fiel a la tiranía de un código cruel: o se es perfecto o no se es nada.
       La vida de Michael es rutinaria: los ensayos con su cuarteto, la natación en el lago de Hyde Park, las clases que imparte y las relaciones, más sexuales que amorosas, con una alumna. Un hombre normal, hasta aburrido se podría decir, si no fuera porque a los nueve años tuvo la siguiente experiencia: cree que va al circo, pero en vez de animales hay hombres y mujeres con instrumentos brillantes y frente a ellos, "en un extraño y absoluto silencio", alguien "baja un palito y un enorme y delicioso ruido llena el mundo"; aquel niño decide ser parte de ese mundo. Y, en consecuencia, tanto el personaje como la escritura de su peripecia van a estar muy determinados por el lenguaje y la composición musicales.
       El tiempo de la narración es lento, una especie de adagio a veces vivace, en el que ocasionalmente hay variaciones de descontrol romántico, arrebatos en la existencia de un hombre impasible. En mi opinión, los dos mejores episodios de la novela corresponden a dos arrebatos. En el primero, Michael está muy excitado por haber encontrado una grabación de un raro quinteto de Beethoven-melodía principal de un allegro-cuando descubre desde su autobús que en otro viaja la añorada Julia-otra melodía superpuesta que entra en combate con la primera—; en el otro episodio (5.11, página 287), Seth nos transmite la emoción romántica de la perfección estética, cuando ejecuta y escucha "La Trucha". La música y su ausencia condicionan de tal manera a este personaje que no podrá ser feliz nunca pues busca una sintonía con los demás sin desacordes, sin zumbidos, igual que la de un primer violín con los otros instrumentos de un cuarteto. Piensa, y es así como se determina su derrota, que el amor sólo ha de ser interpretado por virtuosos. La fina traducción de Damián Alou le va como un guante a esta nueva y sobresaliente composición narrativa de Vikram Seth. Pero, una pregunta: ¿le gusta a usted Schubert?
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 7. 20/05/2000

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