Escritores aragoneses

23/04/2009

José Antonio Román Ledo, el palabrista ausente

El 23 de abril de 2007, murió el escritor aragonés José Antonio Román Ledo. Para recordarle en este segundo aniversario, no se me ocurre mejor cosa que reproducir el artículo que Fernando Villacampa publicó en la revista Barataria en noviembre de aquel año. Si lo hago, es porque este artículo trata, admirablemente, de los orígenes y las razones de ese estilo literario único que caracteriza la obra de Román Ledo.
       
        ROMÁN, EL PALABRISTA.
       
       ... Había una biopsia en sus palabras.
       (De un poema juvenil de J.A. Román, publicado hacia 1965 en Cuaderna Vía, revista del Aula de Literatura dirigida por Joaquín Mateo).

       
       No buscaba hacer literatura con la vida, sino vida con la literatura (¡y cómo duele hablar de él en pasado!). O viceversa. Porque en él, literatura y vida se hacían sinónimos. Se refractaban, como en una infinita galería de espejos. Como en una partida de frontón que jugara consigo mismo, él iba de su corazón a sus asuntos, y de sus asuntos a las palabras, y de las palabras a su corazón...
        Le gustaba jugar con el desconcierto de sus interlocutores, a los que nos podía parecer que estaba recreando la realidad a partir de la ficción, cuando lo que hacía -casi siempre- era presentarnos en formato de ficción personajes y hechos clonados de la más tangible realidad. El episodio del diluvio de sapos, al que ha hecho referencia en alguno de sus relatos, es rigurosamente histórico. Nos sobrevino a los cuatro viajeros -él, Ignacio Prat, Javier Albiñana y yo-, en alguna carretera de Castellón o de Teruel mientras tratábamos de arrancar con manivela el trallado Dyane 6 de Román, en el que regresábamos, en el verano del 67, de un homenaje a Miguel Hernández en el 25 aniversario de su muerte, en el cementerio de Alicante (homenaje, por supuesto, contundentemente desmantelado por los grises...).
        Román fue un escritor tardío, pero un narrador temprano. No hay motivo de sorpresa en lo prolífico de su última etapa. Cuando se decidió a editar, no tuvo que hacer mucho más que recordar y organizar el magma de microrrelatos con los que, en forma oral, nos había ido entreteniendo e ilustrando a los que gozamos de su amistad desde muchos años atrás.
       Es decir, que mucho antes que escritor había sido un gran hablador. Y un palabrista nato. Alguien a quien no le vale el primer sinónimo que salta a la lengua. Un explorador de modismos, un catador de sintagmas, un cazador de palabras. Sus armas cinegéticas eran, más que los diccionarios, el hondón de la memoria lingüística y la antena siempre dispuesta a captar la elocución de próximos, ajenos y viandantes en general.
       –¿Un cigarrito?
       –Gracias, no gasto.
       Y sí que gastaba. Pero podía rechazar el ofrecimiento a cambio de darse el gusto de utilizar la 5ª acepción académica del verbo.
        Escucharle era un placer igual de fértil, por lo menos, que leerle. Sus palabras eran poliédricas y universales, porque abarcaban el universo, su universo. Contenían el mundo. Lo contenían o lo desbordaban.
       Sus palabras, cargadas unas veces de indignación, otras de benevolencia, otras de ternura, otras de ironía, podían ser saetas, mariposas, matasuegras. Palabras de su mundo, en el que nos acogía: Bulbuente, Quimpabám, Calacangrejos, Marilena. Las palabras de la tribu y de la tribuna. Palabras que eran a veces como el pan candeal, como la uva garnacha. Palabras transitivas, palabras para hablar de muchas cosas (compañero del alma...).
        Había una biopsia en sus palabras.
       
       Fernando Villacampa. Barataria. Zaragoza 11/07

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16/11/2008

Sergio Algora; música para un guateque sideral

imagenConocí a Sergio Algora (Zaragoza, 1969-2008) cuando él pinchaba discos en el Sopa de Letras, un pequeño y muy original bar de Zaragoza, que abrió en una estrecha calle frente al Colegio de Arquitectos (y que luego se convertiría en La Caja de los Hilos de la calle Manifestación). Por aquel entonces ya no quedaba nada de El Niño Gusano, el grupo que dio fama a Sergio. Luego, le seguí tratando en la FNAC, donde creo que fue jefe de la planta de música e imagen. Y estuve dos o tres veces en su bar, el Bacharach.
       De Sergio, tengo el recuerdo de una persona muy agradable, muy culta y de unos modales exquisitos. Escribí dos pequeños artículos sobre él. El primero fue una reseña ("un breve", en lenguaje periodístico) para El País de su libro Paulus e Irene. Los de El País lo publicaron inmediatamente y eso que yo no hacía reseñas de poesía (ésta fue la primera). Creo que a Sergio le gustó. Lo que me consta que no le gustó nada fue mi segundo artículo, Bailongo, una "columna de costumbres" para Heraldo dentro de mi sección La Crónica. Aunque Sergio y yo coincidíamos bastante en gustos literarios y musicales (por ejemplo, en cuanto a la canción francesa), a mi me hacía mucha gracia el que fuera tan crítico y tan exigente con la obra de los cantantes y grupos de su generación y, a la vez, sintiera tanta veneración por la música basura de los 60, ese pop de cara B que en aquellos años se juzgaba como simplón y aburrido.
       Intercambiamos discos y una vez le presté "Música para un guateque sideral", un EP de ritmos electrónicos de 1964. Recuerdo su entusiasmo al escucharlo; lo celebró como si fuera todo un descubrimiento arqueológico. A partir de entonces, fui desenterrando para él mi vieja discoteca de vinilo, que él se pasaba a CD.
       Por muchas cosas, Sergio Algora pertenece a ese tipo de personas que se convierten en absolutamente imprescindibles cuando faltan. Yo también le echo de menos.

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07/05/2008

Territorio Román

Con motivo de la reedición de MICOLOGÍA APLICADA y LA SERPIENTE MULTICOLOR en Editorial Certeza (Zaragoza, 2008), se nos encargó un prólogo a Fernando Villacampa y a mí. Por su longitud, no se reproduce a continuación pero si se quiere leer entero, pínchese en cualquier lugar del párrafo que sigue:
       imagen
       José Antonio Román Ledo integró la literatura en su vida con el mismo fervor con que integró la vida en su literatura. Fue un hombre de devociones bien definidas: su tierra, su familia, sus amigos, los libros, los bares de caña y anchoa...

Otros artículos sobre José Antonio Román Ledo en La Crónica son PÁGINAS DE AMISTAD (Revista Barataria, noviembre de 2007) y YOGUR DE GOURMET

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27/04/2008

Abril de libros

Con tres políticos, dos escritores y medio lector por metro cuadrado, se celebraba esta semana, en el Museo Provincial, la entrega a José Mª Conget del Premio Aragón de las Letras. Conget es un escritor constante que ha cultivado todos los géneros literarios: el relato, la novela (a la que no acaba de coger el punto, para qué mentir) y el ensayo. En este último es precisamente donde destaca, en tanto que ensayista sentimental: una larga estancia en Nueva York le inspiró "Cincuenta y tres y Octava", una conciliación entre su experiencia real y su memoria cinematográfica; luego, los vinilos que escuchaba en su adolescencia le sirvieron para ordenar recuerdos muy personales en "Vamos a contar canciones" y, finalmente, escribió "El olor de los tebeos" para mostrar su gratitud hacia un medio "del que sólo ha recibido placeres". Pero confieso que, de toda su obra, siento debilidad por "Viento de cine", un libro reversible, que se puede leer como una antología de poemas que se inspirarron en películas o como un recuento de las películas que dejaron huella en la poesía. A elegir.
       Conget, poseedor de un estilo claro, gramaticalmente perfecto, ha visto sus libros publicados en editoriales prestigiosas y tiene lectores que le siguen con fidelidad pero es todavía un autor minoritario. Aunque, tal como están las cosas, ahora es minoritario hasta Antonio Gala, sobre todo si le toca firmar libros el mismo día que a Carlos Ruiz Zafón, de cuya segunda novela ha vendido 600.000 ejemplares en una sola semana. imagenEso sí, como era previsible, sus colegas escritores ya han empezado a soltar veneno: Emili Teixidor, un clásico de la literatura catalana, ha dicho que le encanta que la gente lea a Ruiz-Zafón "porque es mejor que Corín Tellado" y el para mí desconocido escritor Francesc Furcades comenta que "Zafón carece de valor literario pero beneficia a la literatura porque la gente ve que se pueden leer libros gordos". Vale, o sea que para vender más de medio millón de ejemplares, hay que mejorar un poco la novela rosa e imitar a Petete. Uff, cómo está el patio en abril. En el abril de los libros. Nos vemos.

Sobre José Mª Conget han aparecido en La Crónica los artículos VIENTO DE CINE y DUERMEVELA EN PARÍS y también se le menciona en MUCHA SALUD, POCA LECTURA.

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15/03/2008

ROMÁN LEDO Y SU TERRITORIO

TERRITORIO ROMÁN
       
       Prólogo a MICOLOGÍA APLICADA / LA SERPIENTE MULTICOLOR, escrito conjuntamente por Fernando Villacampa y Juan Mª Marín. Editorial Certeza, Zaragoza 2008.
       
       José Antonio Román Ledo integró la literatura en su vida con el mismo fervor con que integró la vida en su literatura. Fue un hombre de devociones bien definidas: su tierra, su familia, sus amigos, los libros, los bares de caña y anchoa...
       Román cultivó la más genuina cultura popular, la que tiene como cátedra las barras de cervecerías y bares repletas de tapicas. Celebraba con fervor el rito de la amistad, consagrando la caña, alzando la anchoa en santuarios de Zaragoza como Casa Agustín, Belanche, Pascualillo o, sobre todo, aquellos memorables Espumosos del Paseo de la Independencia, testigo de debates, historias reales o inventadas, logomaquias, ocurrencias que tantos años después hemos recordado, y de los que se han nutrido tantos de los relatos románicos... Ignacio Prat, el desbordante fabulador, nos dejaba a menudo con la anchoa en suspensión, esperando el final de alguna de sus delirantes historias.
       Estamos hablando de la época –mediados de los años 60– en que conocimos a un veinteañero Román que pululaba, como nosotros, por las escasas ventanas abiertas al mundo de la cultura que oreaban mínimamente la atmósfera de la gusanera zaragozana. En 1963 lo encontramos formando parte del Servicio de Extensión Cultural de la Institución Fernando el Católico. Podíamos encontrarlo colaborando con Alfonso Zapater en el montaje de la revista hablada "Cierzo" o participando en los apasionados debates que se suscitaban en las a menudo delirantes sesiones de Aproximación Filosófico-Científica, en el salón de actos de la Diputación. También estaba en los estudios de Radio Juventud, ejerciendo de crítico cinematográfico al socaire de un programa de alguno de los hermanos Arce o lo podíamos ver revisando las galeradas de Cuaderna Vía, las "Hojas del Aula de Letras" auspiciadas por Joaquín Mateo, y haciendo tertulia en torno al canapé, en el vernissage de alguna exposición de aquella irrepetible generación de pintores zaragozanos (entre ellos, su gran amigo Julián Borreguero) y era de los que primero degustaban el olor a libro recién nacido en la imprenta de Luciano Gracia y Guillermo Gúdel pero tampoco dejaba de asistir a la tertulia sabatina del Niké, donde se hablaba de casi todo, pero, como inicio inexcusable, del capítulo de "Elliot Ness y los intocables" que veníamos de ver...
       De aquella, el Román escritor era, más que nada, poeta. Al no estar matriculado en la Facultad de Filosofía y Letras no pudo figurar en la antología de la "Generación del 65"; pero representaba, quizá mejor que nadie, el "espíritu" de esa Generación. Y lo que son las cosas. un hombre como él, que nos daba bastantes vueltas a algunos en lecturas, en conocimientos generales, en "lecciones de cosas", dio en renegar de su condición de autodidacta, y quiso sacarse la licenciatura en Filosofía y Letras. No llegó a licenciarse, urgido por instancias laborales prioritarias. Pero su empeño en que sus amigos "de Letras" le iniciáramos en los rudimentos de las lenguas clásicas propició momentos divertidísimos, fruto de su imaginación desatada. Armados de la Crestomatía griega de Berenguer Amenós, del Aurea Dicta y volúmenes por el estilo, estuvimos a pique de reinventar el castellano, a base de las etimologías fantásticas que cada palabra griega o latina nos sugería (a él, sobre todo).
       En 1969, su recién adquirida condición de funcionario le forzó a dedicar más tiempo a la prosa administrativa que a la poesía lírica. Ese mismo año se casó con María Elena Sanjuán, su Marilena. Aquello les cambió la vida a los dos, claro. Pero nos la cambió también a algunos más. ¡Por fin teníamos amigo con casa! Nos acercábamos, sin acabar de creérnoslo, al final del Régimen, y La Casa De Los Román era el más propicio escenario para oficiar la ceremonia de la conspiración o de la transgresión; y, por encima de todo, la de la amistad. Una ceremonia en la que, a menudo, el ritual incluía la degustación de las exquisiteces culinarias que preparaba María Elena, maridadas con caldos de su bien abastecida bodega.
       Su sentido de la amistad era de los de amplio espectro. Amigos desde la infancia o la juventud, amigos del trabajo, amigos de la política... Siendo sus amigos de muy diferentes pelajes ideológicos, la bonhomía de Román nos armonizaba sin reticencias, a la hora de tomar cañas y anchoas, a todos, rojos y fachas, carcas y progres...
       Cuando muchos de sus amigos vivíamos aún con papá y mamá, Román no tenía sólo casa. ¡Tenía coche! Y los amigos usábamos y abusábamos de sus servicios como chófer. Nunca se negaba. Estando en las últimas su desvencijado Doscaballos, su inseparable Ignacio Prat le convenció –nos convenció a unos cuantos– para ir de un tirón hasta Alicante en marzo de 1967, 25 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, participar en un homenaje clandestino –el pásalo eran los panfletos– y regresarnos acto seguido a Zaragoza. Menos declamar ante la tumba del poeta los versos que llevábamos escritos, tuvimos de casi todo: carreras ante los grises, baño en calzoncillos en la playa de San Juan, innumerables paradas del viejo cacharro que nos obligaba a arrancarlo a manivela, extravío allá por Rincón de Ademuz, tormenta nocturna con lluvia de sapos incluida...
       Y quienes frecuentábamos su casa ojeábamos con envidia su biblioteca. La biblioteca de Román era expresión del catálogo de sus aficiones inabarcables. Si había algún orden en ella, era el orden del día. Tan pronto veíamos los libros alineados por autores como por géneros o por tamaños... Un orden que hacía apretarse, pecho con espalda, a Rabelais con Cortázar, a Faulkner con Miguel Hernández, a Cervantes con Dylan Thomas, a Henry Miller con Plauto, a Nabokov con los Hermanos Grimm, a Borges con Elliot, a Rulfo con el Guiness.
       Nos unía, entre tantas otras cosas, la devoción a los diccionarios y las enciclopedias. Podía ocurrir –ocurría de hecho con frecuencia– que nos pasáramos una tarde entera navegando por los siete tomos del Diccionario Enciclopédico Ilustrado, de Espasa-Calpe, edición de 1955. Cualquier nimio motivo nos daba pie para una consulta que –en una cadena sin fin en que cada entrada era un link que nos abría la expectativa de otras muchas– sólo se interrumpía cuando considerábamos que ya era hora de ir a tomar la caña. El universo entero estaba –estᖠdetrás de cada palabra, da igual que sea la palabra poética, que la popular, que la técnica. Comentábamos con la misma fruición alguna genuina expresión del zaragocés que le habíamos oído a una abuelica en el tranvía de Torrero, que el último retruécano leído en Cabrera Infante, que las maravillas léxicas que nos proporcionaban los prospectos farmacéuticos que debía manejar en su condición laboral como visitador médico. El estilo, decía, se puede forjar leyendo la literatura médica, de la misma manera que, según parece, hizo Balzac (¿o fue Flaubert?) con el Código Civil.
       Cuando, bastantes años después, saliera del armario el Román escritor, harían radiante eclosión todos aquellos rasgos de estilo que su pasión por la literatura le habían ido haciendo larvar a partir de sus tempranas aficiones lectoras: el gusto por los juegos de palabras, por los neologismos y el léxico inusual, por las imágenes surrealistas, por las estructuras extravagantes –véase el bustrófedon con que se despacha uno de los personajes de Micología aplicada–, por las piruetas conceptistas, por las retahílas enciclopédicas, por los retorcimientos sintácticos, por las constricciones lingüísticas al estilo de Perec y los escritores del Oulipo... Habría que mencionar también otros rasgos, como la atención que presta a la onomástica de sus personajes, que nunca es casual. Por otra parte, el presumido –más que presunto– surrealismo de Román surge más de la distorsión deliberada de la realidad representada que de la proyección inconsciente de imágenes. Porque sus historias se nutren más de la observación aguda que de la imaginación exaltada.
        De algunos de estos rasgos se ofrecen claras muestras en los dos relatos que presentamos. Sin embargo, hay una clara diferencia de registro entre ellos. Micología aplicada se desenvuelve en un ambiente urbano, su intención es claramente satírica y el tono de parodia, con ingredientes a veces esperpénticos, es evidente. Mientras que La serpiente multicolor, cuya acción se inscribe en un ámbito rural, adopta un registro marcadamente más intimista, con pinceladas incluso de un contenido lirismo, muy próximo a lo bucólico; sin que falten, desde luego, los toques de humor tan característicos de la escritura románica.
       
       Relato urbano con setas
       
        Los toques surrealistas que impregnan la obra narrativa de Román son ingredientes sobrevenidos a una base argumental que, en última instancia, no deberíamos tener empacho en considerar realista; al menos, en tanto en cuanto que los personajes literarios están basados en seres reales. Esto es un hecho patente en La serpiente multicolor, como veremos. Y por lo que se refiere a Micología aplicada, está claro que algunos personajes son trasunto de hombres y mujeres reales, más o menos reconocibles: por ejemplo, la homofonía con patronímicos de algunas figuras relevantes en la vida social o cultural zaragozana es patente. Y podemos pensar también que los protagonistas del relato –los cuatro gacetilleros cofundadores de "El Eco"– reflejan en cierta medida, extrapolados, algunos caracteres o algunas fases de la personalidad del propio autor, que era asiduo practicante (al menos en privado) del sanísimo ejercicio de la autoironía.
       Así, Ceferino Otero, el sesentañero del cuarteto, presenta una trayectoria profesional paradigmática: de la Radio del Movimiento a la prensa democrática. Si a alguien le da por escarbar en la paleografía de los coetáneos de Román, raro será que no se encuentre con el tránsito adolescente o juvenil por algunas de las más conspicuas instituciones del Antiguo Régimen: quien no pasó por el Frente de Juventudes, lo hizo por Acción Católica; el poeta que no leyó sus primeros versos en Radio Juventud, los vio impresos en las granulosas páginas de El Noticiero... Por otra parte, Delfín Fortuna, el cincuentañero, es hombre de muchos libros. "Acopia en la biblioteca familiar más de seis mil volúmenes dedicados a la Fiesta Nacional". Hombre de muchos libros fue también Román, aunque sus dedicaciones fueran por otros rumbos. En tercer lugar, Bernardo Solcina es "médico y polígrafo, perejil de todo aliño", poseedor de diez o doce cargos en instituciones, asociaciones, juntas, tertulias, consejos consultivos, comités asesores... Es fácil imaginar la mueca autoirónica de un Román al diseñar su personaje, no sólo por su latente vocación médica, sino sobre todo por haber sido hombre que estuvo en el ajo de múltiples empresas y tinglados literarios, culturales, cívicos, sociales, dirigiendo revistas, participando muy activamente en asociaciones de todo tipo... Y por último, Salamán Nazím, el más joven del cuarteto, que padece la afección compulsiva de escribir a diario... María Elena Sanjuán ha sido testigo durante años –y sin quejarse– de la cantidad de horas que, día tras día, dedicaba José Antonio, encapsulado en su estudio, a ir rellenando páginas de su pantalla luminosa, haciendo crecer, como una planta autófaga y mesozoica, una obra narrativa que empezó minimalista (Estoy escribiendo algo sobre un ciclista que "desaparece" en la Vuelta al Moncayo) y llevaba rumbo de ir a convertirse en el Encyclopaedium, un Decamerón de decamerones.
       Zaragoza, la sucia Zaragoza pre-Expo, es un marco pintiparado para este relato con vocación de thriller. La secuenciación, el ritmo narrativo, la escenografía, los personajes, los diálogos... son los idóneos para un guión cinematográfico, tal vez para un cortometraje (no olvidemos al Román autor de varios guiones audiovisuales), en cualquier caso para un relato de género negro reconvertido en parodia, como no podía ser menos siendo Román su autor. El humor románico, cuando no es puro juego lingüístico, es puro sarcasmo. No edulcora la sátira, la subraya. Ahí tenemos a Valle-Inclán, uno de los referentes confesos del autor.
       La historia sigue un patrón clásico en la novela negra. Los "buenos", unos voluntariosos aunque pánfilos periodistas de provincias que ya habían fracasado en el empeño de sacar adelante un periódico, lo intentan de nuevo, esta vez contando con sólidos respaldos. Los propietarios de la cabecera hegemónica y decana de la región no están dispuestos a permitirlo, y recurren al procedimiento más genuinamente gangsteril: la eliminación física de sus competidores, contando, como sicario, con el propietario de un restaurante especializado en setas.
       El ritmo del relato se remansa cuando es conveniente –la prosopografía del cuarteto protagonista, la sobremesa de la comida, en la que dan lectura a sus autonecrológicas–, y se agiliza en las secuencias finales, que alternan la búsqueda, por parte del taxista, de los presuntos intoxicados con la descacharrante actuación de los cuatro tarambanas durante la representación de "La Cubana". Tras una serie de peripecias, en las que el tono humorístico evidencia la intención paródica del relato, la tragicomedia finaliza, en un giro inesperado, sacrificando como víctima –ahí está la reminiscencia trágica– al personaje más genuinamente inocente del relato: Igor, el can glotón del restaurante.
       Micología... es, en definitiva, una fábula en la que lo urbano en general, y Zaragoza en particular, se presenta como un escenario estimulante para determinados comportamientos y actitudes. Y donde las relaciones de poder en el mundo de la prensa provinciana son mucho más que una excusa para el desarrollo de una historia en la que los elementos de sátira social aparecen pudorosamente enmascarados con el antifaz de la parodia.
       
       Una montaña privada
       
       Cuando apareció La serpiente multicolor hace nueve años ya, en una hermosa edición de la DPZ, ilustrada por Enrique Ascaso, nuestra primera reacción fue de sorpresa o, mejor dicho, de múltiples sorpresas porque aquel no era el relato que esperábamos que José Antonio Román escribiera. Nunca nos atrevimos a preguntarle por qué había escrito esa historia ni por qué la había escrito así. Un autor tan personal como él, que más adelante se revelaría como singular en las letras aragonesas, sólo puede escribir desde la libertad y la libertad conlleva no tener que dar explicaciones, no tener que justificarse de nada.
       La primera sorpresa fue que eligiera un relato tan rural, una especie de elegía pastoril, cuando él era un hombre eminentemente urbano. O así lo veíamos nosotros. En aquel tiempo, en la década prodigiosa de los 20 años (coincidente con la turbulenta década de los 60 en Europa), él se conocía Zaragoza mejor que nadie. Era entonces representante de un laboratorio farmacéutico y se pasaba el día pateando la ciudad de consulta en consulta. Aunque él se quejaba de su profesión, nosotros lo teníamos casi como a nuestro médico de cabecera. Sabía mucha medicina práctica, aprendida probablemente en salas de espera, en conversaciones entre colegas o entre pacientes. No andábamos muy descaminados porque él nos suministraba un jarabe milagroso para la tos, que producía una agradable somnolencia, y una crema contra las picaduras de insecto que olía a jabón de bebé y un sucedáneo de la aspirina que hacía milagros. En La serpiente... hay precisamente un episodio que recuerda su "faceta sanitaria", en el que el pastor Pedro recurre a una receta tradicional para curar una herida: "En las partes más golpeadas pone un emplaste a base de pétalos machacados de manzanilla y sebo de culebra, que cubre con cataplasmas de fino lienzo..." Hay tal mimo en la descripción de esta práctica de enfermería que nos hace pensar que Román nunca olvidó su oculta vocación de médico. Sí, José Antonio fue un escritor pero antes de eso, o a la vez, fue muchas cosas, entre otras, nuestro internista favorito. Y nunca nos dijo que dejáramos de fumar mientras ejercía su labor sanitaria en aquellos escenarios de zarzaparrilla y cerveza con limón, donde la espuma de los días dibujaba pactos de amistad eterna en mesas de mármol.
       Sí, él era un hombre esencialmente urbano, como lo éramos todos sus amigos y como también lo era entonces (o habría de acabar siéndolo), no lo olvidemos, la misma gente del campo que iniciaba un éxodo masivo hacia la capital. Zaragoza crecía rápidamente con aquéllos que abandonaban la agricultura deslumbrados por el desarrollismo franquista que estaba transformando las ciudades. Y la vida diaria se estaba haciendo más cosmopolita, nunca tanto, ¡ay!, como en Barcelona, meca de la modernidad contestataria. Ese cosmopolitismo había que verlo, naturalmente, en términos muy relativos, pues la España de Franco seguía gris y cerrada, muy temerosa de las corrientes de aire provenientes de fuera. Y, a lo que íbamos, sorprendentemente, el urbanita José Antonio Román gira la mirada y el corazón hacia las faldas del Moncayo.
       Si intentamos encontrar una explicación a su éxodo literario de la ciudad, puede que no haya otra que la del amor. Como autor, Román no es un escritor de sentimientos sino de actitudes. De entrada, hay en él un pudor muy propio de la masculinidad que impide la expresión del sentimiento amoroso y, por extensión, de los que se desprenden de éste. Pero todos fuimos testigos cercanos y privilegiados de su idilio permanente con María Elena Sanjuán (desde su noviazgo hasta el 23 de abril de 2007) y es inevitable recordar cómo ella, con esa maravillosa espontaneidad que siempre la ha caracterizado, nos decía que daba igual los años de matrimonio que hubieran transcurrido, que ella "seguía temblando" siempre que le cogía la mano a su marido. Era un amor fresco, siempre reciente, indisimulado, que nos transmitía un optimismo contagioso, que creaba un ambiente acogedor y feliz allí donde nos encontráramos, fuera en su casa o en cualquier otra parte. Pero José Antonio no escribió en La serpiente multicolor un relato de amor al uso sino que lo hizo de una manera oblicua, inequívocamente metafórica.
       Si estuviéramos escribiendo una crítica académica, de enfoque más o menos psicoanalítico, de este relato diríamos que allí donde él escribe "Moncayo" habría que leer María Elena. El Moncayo (mons canus: monte blanco), que siempre ha sido masculino, se convierte así en la montaña-mujer-novia-amor. Sí, curiosamente, La serpiente... está llena de nombres reales, empezando por el de Pedro Sanjuán Flores (su suegro en la vida real), José Ángel Monteagudo (su yerno), Julio Alejandro (del que escribiría una biografía en 2005), Buñuel o Fernando Lázaro Carreter entre otros muchos. Todos ellos hablan, piensan, sienten y viven con referencia a la montaña. Y a María Elena no se la nombra. Pero todo el relato es un homenaje a ella, a la geografía que la vio crecer, a su familia, a su ambiente. Este homenaje indirecto se centra especialmente en Pedro, el padre de María Elena.
       En muchas ocasiones, cuando estábamos reunidos en casa de ellos, aparecía Pedro, un hombre sonriente, bondadoso, amable y cordial siempre con los amigos de su yerno, al que admiraba. Esa admiración era mutua y Román elige a su suegro como héroe de su relato. En él, Pedro aparece como un pastor casi mitológico, como el último hombre de campo, como el portador de la autenticidad de la tierra en su relación con los astros y el ciclo de las estaciones. Pedro es historia viva de la montaña, de la España de la Guerra Civil y exponente de una civilización sin artificios, que es pura tradición y pura verdad. Pedro también es, no podía dejar de serlo, el héroe salvador, una especie de divinidad que rescata a los heridos y a los desorientados. Su figura domina la historia porque, insistimos, José Antonio Román también habla de él para hablar de quien no nombra, es decir, de su mujer.
       Y José Antonio se entrega al paisaje de su suegro con una actitud de inmenso respeto y reconocimiento y lo hace (en lo que sería después la principal característica de su estilo) a través del léxico porque nada hay como las palabras para designar la verdadera naturaleza de las cosas. Parece que, para él, fueron los nombres los que dieron origen a éstas. La famosa frase de Gertrude Stein, "Una rosa es una rosa es una rosa", explica bien la mirada de Román Ledo. De frente o de lado, desde lo alto o desde ras del suelo, desde todas las perspectivas, "sifón", "trujal", o "caléndula" son nombres tan certeros que sólo pueden representar lo que representan y, así, las palabras que le fascinan abandonan su carácter meramente lingüístico para existir como objetos tridimensionales y contundentes. En otro momento, se queda maravillado ante los nombres de las calles de Tarazona: Pimpín, Marimancebo, Cienflorines..., todas ellas reales, mientras que otras veces recurre a la invención, en un ejercicio de humor muy tradicional en la literatura española, como pasa con los nombres de los ciclistas: Valentín O'Zono, Angelo Pedale o Julen Biciberría.
       Algo que deberíamos destacar es que, para enfatizar su reconversión a lo rural como territorio mítico, muestra cierto menosprecio irónico hacia lo urbano. Sorprende que José Antonio, un hombre tan puesto al día, tan curioso, de las corrientes artísticas de vanguardia se burle, por ejemplo de Andy Warhol, al que llama "iconoplasta". Es inevitable ahora recordar las reuniones casi diarias en casa de Alejo Lorén, a las que acudía José Antonio junto con Ignacio Prat. Lorén y Antonio Maenza eran unas auténticas autoridades en cuanto al cine, seguidos muy de cerca por José Antonio, que había dirigido cineforums, en aquel tiempo muy en boga. Entonces, los cinéfilos se dividían en dos grandes grupos: los seguidores de la revista Film ideal y los lectores de Nuestro cine. La primera estaba más a favor del cine americano (Sturges, Minnelli) mientras que la segunda apostaba por el cine europeo. José Antonio e Ignacio eran filmidealistas mientras que Lorén y Maenza se decantaban por Pasolini, Godard y la Escuela de Barcelona. El cine era, independientemente de nuestras aficiones, una manera de escapar del dichoso monotema: la política-Franco-España. Y ahora que ha pasado tanto tiempo, tendría sentido pensar que éramos un grupo de gente muy poco interesada en la política pero obligada circunstancialmente a obsesionarse con ella. Recordamos a Prat como un erudito y gran poeta, a José Antonio Román como un gran lector de literatura sudamericana (sus favoritos: Rulfo, Lezama Lima, Cortázar) y muy entendido en cine clásico, a Maenza (director del film underground "El lobby contra el Cordero") como un excéntrico situacionista, devorador de la revista Tel Quel y quizá en ellos, en todos nosotros, la conciencia política estaba un poco impostada. Éramos resistentes culturales al régimen, nada más. O nada menos.
       Y si se hablaba tanto de cine y de literatura, no se hablaba de deporte. La oposición al franquismo pensaba en el deporte como algo "alienante", como un arma del régimen para distraer al pueblo de la falta de libertades que padecía. Pensándolo bien, es casi imposible que no hubiera nadie entre nosotros aficionado al fútbol. Probablemente sí que lo había, pero ese "alienado" habría tenido que mantener su afición en secreto y su asistencia a los partidos como clandestina. Nunca oímos hablar a José Antonio Román de deportes y, sin embargo, otra sorpresa, su primer relato publicado es sobre una vuelta ciclista.
       La serpiente multicolor es un relato de un clasicismo modélico, que tiene sus raíces en Azorín, en Machado, en Delibes, pero no se puede evitar leerlo como un retrato del José Antonio Román que no conocimos. Del José Antonio que no supimos o no quisimos ver (a los 20 años exiges que el mundo y las personas sean como uno quiere que sean). O quizá sea un retrato del José Antonio que sólo se dejaba ver por María Elena. Él escribió una historia de un ciclista accidentado, que, cuando recupera la consciencia, se enamora de una montaña. Hemos tardado nueve años en darnos cuenta de que el ciclista era él.
       
       Zaragoza, marzo 2008
       Juan Mª Marín y Fernando Villacampa

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31/10/2007

Román Ledo: PÁGINAS DE AMISTAD

Román Ledo: PÁGINAS DE AMISTAD
       Juan Marín
       Publicado en la revista BARATARIA. Zaragoza, noviembre de 2007
       
       No puedo recordar cómo conocí a José Antonio Román. Teníamos todos veinte años y cada día ocurrían mil cosas, todas distintas, veloces, deslumbradoras. Las personas interesantes surgían, de repente, en cualquier sitio: nos reuníamos mucho en las casas, en Los Espumosos, en el Niké, en la Librería Hesperia, en el paseo, en el cine Elíseos, en las sobremesas y en las madrugadas. Y siempre había alguien nuevo: un pianista de Jazz, un experto en Vivaldi, un periodista pro-Fidel Castro, un rojo borracho, un zumbao, un filólogo, un conde, un director de cine. Y también muchas chicas de Teruel y una pintora que se llamaba Julia y un dominicano pelirrojo. Y mucha gente del PC. Éramos mogollón en un camarote pequeño y desordenado, lleno de discos de música francesa y catalana y con el ruido de fondo constante de una máquina de ciclostil de la que salían volando textos panfletarios o poemas de Neruda. Creo que José Antonio Román apareció por allí a poner un poco de orden. Y ahora caigo en que las primeras veces que lo vi, fue siempre acompañado de Ignacio Prat. Entre los dos había una complicidad envidiable y envidiada. Pero pronto me di cuenta de que era Prat quien necesitaba a Román. Como acabaríamos necesitándole todos los demás poco a poco. Con José Antonio, uno se sentía siempre relajado en medio de aquel vendaval de la Zaragoza de los 60. Éramos frágiles e inseguros y España era un lago de aguas quietas con grandes turbulencias a poca profundidad. Había que sujetarse a alguien cuando el suelo se movía y él estaba siempre ahí, generoso y sabio, amable y sereno. Cariñoso. Amigo.
        Pero tengo que aclarar algo, cuando hablo de José Antonio, no estoy hablando de una persona sino de dos. Porque me es imposible pensar en su rostro sin ver el de María Elena, su mujer. Pienso en la voz de él y la escucho mezclada con la risa de ella; voy a darle un abrazo y es a ella a quien noto cerca. Los Román: ellos dos nos han hecho sentir tan felices en tantos momentos, tantos años, a tanta gente...
        Reconozco la originalidad de José Antonio como escritor pero he de reconocer que para mí, eso es algo secundario; él ha elaborado metáforas brillantes e inventado palabras muy ingeniosas pero, por encima de todo, escribió páginas de amistad tan intensas y verdaderas que han permanecido en el tiempo-en nuestra vida-como auténticas obras maestras de esa literatura que sólo se publica en la memoria y se guarda en el corazón.
       Zaragoza, 1 de octubre de 2007

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10/06/2007

José Mª Conget: Duermevela en París

Hola. ¿Es posible estar en París soñando que se está en París? Parece ser que sí a juzgar por lo que leemos en "Pont de l'Alma" (ed. Pretextos), la última obra del escritor aragonés José Mª Conget. Conget vivió en París un tiempo como director del Instituto Cervantes y soñaba que vivía en París en las inquietas duermevelas que fueron sus noches. Y se dio cuenta de que ese sueño había sido pura realidad cuando tuvo que volverse a España. De esos extraños días, ha elaborado un relato sentimental con una mezcla muy atractiva de melancolía y comicidad. imagen
        Que nadie piense que "Pont de l'Alma" es un paseo más o menos literario por París porque el autor sólo va de su apartamento al trabajo y del trabajo a su apartamento. En principio, un aburrimiento; y además, una traición a una ciudad que desborda los sentidos. De hecho, si no fuera por algunas frases en francés o por algunos nombres de calles, la acción podría haber pasado en, por ejemplo, Valladolid. Conget escribe sobre sí mismo y, sin asomo de vergüenza, se mira el ombligo cuando podría estar mirando "la place Vendôme" o "les Invalides". Y, encima, la visión que ofrece de sí mismo no es la de un circunspecto responsable de "la Gran Cultura Española" en Francia sino, sorprendentemente, la de un personaje de comedia (más de un film de Blake Edwards que de Woody Allen). Así pues, asistimos a su azarosa adaptación a su apartamento parisino, a las noches en las que sueña que duerme, a sus cojeras sucesivas (con hilarantes visitas al traumatólogo), y a las incómodas cenas de trabajo con intelectuales franceses a los que apenas entiende debido a "su francés de turco". Pero, en las últimas páginas, hay un giro hacia la gravedad y hacia la tristeza, porque quizás Paris haya marcado el final de una etapa, a partir de la cual sólo sean posibles los viajes interiores por la propia experiencia, es decir, por el alma cargada, repleta ya, de tiempo. Un hermoso libro, hecho de serenidad e ironía, para atardeceres tranquilos.

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29/04/2007

Román Ledo : Yogur de gourmet

Hola. Recién envasado y absolutamente fresco, aunque sin fecha de caducidad, ya está a la venta el "Yogur griego" en las tiendas. No en los súper sino en las librerías, porque se trata del último libro publicado por José Antonio Román Ledo (Huesca, 1943-Zaragoza, 2007). Quizá su obra más conocida sea una biografía muy documentada y muy sentida de Julio Alejandro, guionista de Luis Buñuel. Se trata de una biografía muy personal en la que el estilo de Román deja aparecer todas sus características de autor. Una de ellas es su gusto por el léxico de la lengua española, muy especialmente por ése que ya no se usa. Además, mientras que al resto del personal, el número de palabras que hay en el diccionario nos desborda, a Román le parece insuficiente y, por tanto, las inventa. imagenEn "Yogur griego" encontramos términos como "taxifrenia" o "cisnemascope", que encabezan divertidas historias en las que se mezcla la observación de las costumbres con un regusto surrealista. "Taxifrenia", por ejemplo, nos cuenta esa experiencia que a todos nos ha podido ocurrir como usuarios de un taxi: una vez dentro del vehículo, el conductor aprovecha que tiene público y nos lanza una soflama sobre lo muy mal que va todo en este país. En "Matriculación", el autor se irrita por la invasión del inglés en nuestra vida y, ante la proliferación de mensajes en esa lengua en las camisetas de los viandantes, hace que el concejal de "movilidad ciudadana" emita una ordenanza prohibiendo "las frases ingeniosas en lenguas extrañas" que necesiten "morosa traducción".
        Pienso que un secreto anhelo de todo escritor es dejar este planeta el Día del Libro, un privilegio que el calendario otorga a muy pocos. Román Ledo ha sido uno de los elegidos y en la Casa de Aragón que hay en el Paraíso, ésa donde refunfuña Gracián y sigue contando anécdotas Julio Alejandro, ha sido recibido con un brindis con tinto del Campo de Borja. Y, además, ya le han nombrado secretario de la entidad. Lo hará muy bien. Nos vemos.

José Antonio Román Ledo falleció el 23 de abril de 2007, día de San Jorge y Día del Libro, a los 63 años. Obtuvo el premio Isabel de Portugal de Narrativa en 1999 con "La serpiente multicolor", una narración corta muy bien editada por la Institución Fernando el Católico. Además de la biografía de Julio Alejandro, con quien tenía una gran amistad pues ambos estaban muy ligados a Bulbuente, una población cercana al Moncayo, José Antonio Román escribió "Repertorio de engaños" (Ed. Huerga & Fierro), "Gaseosas de papel" (Ed. Certeza) y 2 guías de viajes, una de la Costa Dorada y otra del Moncayo. Fue un hombre muy bueno, muy generoso y muy culto.

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23/11/2003

José Mª Conget. Viento de cine

En una habitación de hotel, una mujer está viendo los "Gremlins" en la tele mientras su corazón, o toda su vida, se está haciendo pedazos. Los gremlins gritan pero el silencio es tan triste que duele. No lejos de ese hotel, en el paseo de Independencia, un señor se cruza con Buñuel y le dice que "Viridiana" le ha parecido "muy flojica". Una mujer de Zaragoza viaja a Londres y tropieza con Ava Gardner, que corre calzada con zapatillas de tenis. La tarde de Londres se vuelve muy oscura y en la oscuridad, Clark Gable besa a las adolescentes. En las cabinas telefónicas, acosadas por los pájaros, las muchachas rubias aún tienen ganas de escribir con carmín misteriosos mensajes en los cristales, mientras Hitchcock se muerde un labio.
        El cine sopla fuerte en uno de los libros más interesantes y singulares de los publicados este año; hablo de "Viento de cine", una antología de poemas, escritos desde 1900 hasta hoy, que hacen referencia más o menos expresa al séptimo arte. El autor es José Mª Conget. Conget es novelista, ensayista, profe, cinéfilo, zaragozano y raro. Raro porque escribe desobediente a las modas. Ahora ha querido juntar sus dos pasiones, el cine y la poesía, y ha rastreado los versos del siglo XX para encontrarse con que los grandes poetas hacían las metáforas con celuloide. Luego, ha seguido el camino que va del poema a su referencia y ha llegado a la película. Más de cien páginas de notas. Cada nota es una sesión en una sala de barrio: rostros embelesados, ruido de pipas, la voz que dobla a Kim Novack tapando el ruido de pipas, Fred Astaire dando la mano a Mickey Mouse, que cuca el ojo a Kim Novack. Conget, que es de Zaragoza, ha escrito un libro sobre películas con la excusa de que otros escribieron poemas sobre esas películas. Un punto para Conget. Y otro punto para la editorial Hiperión por publicar este libro raro para leer en las tardes de domingo, mientras Gene Kelly coge un pasmo bailando en los charcos y Rita Hayword se multiplica en los espejos. Fin. Nos vemos.

La antología de Conget, una adaptación cinematográfica del espíritu poético. Un libro extraordinario.

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02/06/2001

Juan Bolea. El manager

Juan Bolea. El manager. Ediciones B. Barcelona, 2001. 285 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Mitos de entretenimiento
       
        De lujo, ambición y sexo se hacen los bestsellers. Son sus tres ingredientes básicos pero luego se añaden subargumentos e intrigas diversas. Lo previsible es aquí un mérito, por paradójico que parezca en términos literarios, porque el bestseller es un género menor pero noble, que juega con sus cartas boca arriba: busca la emoción, el entretenimiento, la satisfacción de un lector que quiere distraerse sin complicaciones. Y eso es todo: no engaña. Hay trampas, sí, pero el lector las divisa a tiempo y cae a gusto en ellas.
        Juan Bolea (Cádiz, 1959) ha escrito una novela de consumo, trepidante, actual y que respeta las normas del género. Aunque a veces se fabrica, soy de los que piensan que hay un bestseller de autor; la lista está llena de gloria: desde Morris West hasta Jackie Collins o Vazquez Figueroa. Bolea va camino de ser un autor muy vendido si sigue en esta línea y aparca sus miedos, que los tiene. Algo natural si consideramos que está empezando a escribir en un país que huye de la literatura de entretenimiento como de un diablo muy inculto.
       En El manager uno de los dos protagonistas es un promotor de conciertos de rock-en otros tiempos, podría haber sido un empresario taurino-que tiene un cuelgue de coca que no le deja vivir. Su sueño es traer a España a Michael Jackson a dar el concierto del fin del milenio. Se llama Victor Amaral y procede de una familia gitana. Se ve que Bolea es listo, en un sólo personaje ha metido elementos muy actuales: droga, raza y rock'n'roll. Pero ahí no para la cosa. A Victor Amaral, el autor opone a David Singra, un asesor de imagen que debe su fortuna a haberlo sido de un presidente de gobierno cuyo nombre empieza por efe. El tal Singra es un trepa que, de periodista en un diario de provincias, llega a convertirse en hombre indispensable en los despachos del poder. En la novela, recibe el encargo de convertir en senador a un sexagenario traficante a gran escala. Aparecen las mujeres. Las de los bestsellers son siempre guapas, están insatisfechas y consideran que los diamantes son el mejor amigo de una chica. La rivalidad entre Amaral y Singra tiene nombre de mujer. Y la esposa del futuro senador es un poco ninfómana. Así debe ser. Los personajes secundarios están bien trazados, esquemáticos pero convincentes: hay un subdirector de periódico levemente siniestro y un reportero intrépido, que acaba recibiendo todas las tortas, y un ex boxeador y una cantante lesbiana y guerrera. El subdirector cuenta la historia: sobra esa perspectiva, confunde a veces.
        Bolea es muy diestro en la creación de la estructura, de las tramas y de las situaciones. Es más, se crece en los episodios difíciles, esos que están llenos de ruido y barullo-tan propios de la comedia americana de antaño—, como el del programa de televisión o los de la presentación y el desarrollo del concierto. Pero esta pericia se ve lastrada por su timidez. Alguien diría que resuelve los encuentros eróticos con elegancia; yo diría que con excesivo recato. La sátira en el retrato de Singra y Amaral se queda corta porque detrás de ellos no hay nada ocultable, a no ser que sean las numerosas rayitas que el gitano se mete. Incluso el malo, ese tal Embún, no pasa de ser un hombre cansado de la vida, que inspira o frialdad o compasión. La sátira ha de levantar la alfombra para ver qué hay debajo y aquí casi todo está encima. Pienso incluso que Bolea ha tenido la tentación de ir más allá del bestseller pues tiñe la personalidad de sus héroes de un romanticismo del perdedor que les hace volar hacia novelas más "serias". O más maldad y más bajas pasiones o, por el contrario, más introspección en los conflictos existenciales de los modernos profesionales del artificio, que Juan Bolea parece conocer tan a fondo. Siga la vía que siga, está capacitado para hacer un buen trabajo.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 12. 02/06/2001

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20/01/2001

Javier Delgado. Jardines infinitos

Javier Delgado. Jardines infinitos. Lumen. Barcelona, 2000. 156 páginas. 1.850 pesetas.
       
       Ingenio del enamorado
       
       Javier Delgado (Zaragoza, 1953) se dio a conocer con Erase una vez una niña... (1987), un conjunto de relatos de fuerte componente fantástico. Ahí se intuía a un escritor muy pendiente del lenguaje y de la narración elaborada sin premura. Su siguiente título, Memoria vencida (1992), giraba hacia el realismo de una manera bastante radical, con unas historias sobre los perdedores de la Guerra Civil en las que no disimulaba su izquierdismo; una manera como otra cualquiera de romper con la corriente narrativa de la época, marcada por la sinsustancia ideológica. Pero en 1996 aparece Cada vez infancia, cuyo título, tan lejos de lo convencional, inicia una tetralogía sobre el aprendizaje a vivir. Publicado de nuevo por Lumen, aparece ahora la segunda entrega de ese proyecto, Jardines infinitos.
        Uno se pregunta si se asustaría el lector actual al indicarle que Jardines infinitos parece una égloga idílico-pastoril puesta al día. No debe asustarse; es más, debe atreverse ante una narración que es, como mínimo, distinta. Un adolescente, Buenaventura, descubre la obsesión del amor y el misterio del sexo en una ciudad de provincias cuando se inicia el desarrollismo franquista. Los viejos edificios caen y los rincones de la memoria se oscurecen pero el joven enamorado se construye una Arcadia, un terreno utópico a salvo de todo cambio, en el parque de su ciudad, donde "hay chopos copudos, acacias, fresnos, olmos, zarzas y ailantos". La narración avanza recreándose en el lenguaje, que se centra no sólo en la descripción de ese espacio mítico sino, muy especialmente, en las maneras de hablar del amor, de dirigirse a la amada, de desentrañar las emociones juveniles. Delgado se sirve de un registro culto, muy dependiente de la tradición del conceptismo barroco; en ocasiones, se abre a lo místico desde la ironía, como cuando aborda la atmósfera de estampita religiosa de los colegios de monjas de la época. Esa ironía no impide cierta gravedad en el texto, obligada por un explícito miedo a perder la niñez. Lírica, orgullósamente melancólica, la tetralogía de Javier delgado es un raro producto literario que la editorial Lumen ha sabido mimar.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 20/01/2001

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