24/12/2008

Tarde buena, noche mejor

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       Después de una larga siesta, el escritor Luis X se toma un café y, ya despejado, se pone a trabajar, es decir, a escribir, que es su pasión. Pero hoy no tiene un buen día por varias razones. Una de ellas es que un importante diario le ha encargado un artículo "de gran calado" que haga balance del año que acaba; y no tiene ni idea de cómo enfocarlo. Otra de las razones de su malestar es que el día de Reyes se falla el premio Nadal, al que se ha presentado. No se lo van a dar porque se ha equivocado de argumento: el protagonista de su novela es un economista que monta un banco y, en cinco años, se hace tan rico que cae en una depresión, de la que sale gracias a su relación con un monje tibetano. La novela, que mezcla el glamour de la sociedad del lujo con la espiritualidad oriental, es, para él, lo mejor que ha escrito. Pero hoy en día no se puede presentar como héroe a ningún banquero; es, cómo decirlo, inadecuado. Si pudiera volver atrás, el mejor argumento sería la amistad entre un niño, hijo de un general franquista, con otro, hijo de un miliciano en el Madrid de la Guerra Civil, más que nada porque ha sido el año de la memoria histórica. Pero... ¿esa novela no está ya escrita?
       En casa de la familia BG, la cena de Nochebuena va a ser tranquila, con sólo 6 personas: Andrés y Mariluz, la madre de él, la hermana de ella, que es soltera, y las dos niñas. En estos momentos, Mariluz está ya cocinando, hecha un tremendo lío porque no se le ha ocurrido mejor cosa que seguir una receta de Ferrán Adriá. "¡Me voy a volver loca con este plato!", se lamenta. Mientras, la hija pequeña, que ya tiene 16 años, está en la calle, a la puerta de un pequeño comercio, esperando a unos amigos de más edad que están dentro comprando bebidas (tinto, ron, cola, etc.). Es que la pandilla se va a ir de botellón hasta la hora de la cena, porque a algunos no les van a dejar salir después. La señora china que está en el mostrador les desea, muy sonriente, una feliz Navidad. "Hasta mañana", se despiden los chavales.
       
       Un toque de tradición
       La hermana de Mariluz está dando los últimos toques a su pequeño belén. Siempre lo acaba de la misma manera: pone el puente sobre el río de papel de aluminio y coloca la samaritana sobre el puente. Y antes de ir a casa de su hermana a cenar, va a tomarse una copita de cava ella sola mientras escucha a Jorge Drexler, un cantante que le recuerda a aquel señor uruguayo tan interesante que conoció en la Expo y que le regaló un disco de tangos. Ah, la Expo, ¡qué fiesta fue todo aquello! ¡Qué final de fiesta!
       Delante del ordenador, Luis X sigue con su balance del año. En una hora, sólo ha podido escribir la frase inicial: "Lo primero que tendríamos que preguntarnos es si estamos al final de un año o al final de una era." Por supuesto que tendrá que nombrar a Obama, a Nadal, a Javier Bardem y a Carme Chacón, pero a él le gustaría hacer un análisis psicológico, profundo, del ciudadano que comprueba, decepcionado, que la sociedad de consumo, en la que se había creído el rey, era sólo un engaño, pura ficción, una fantasmada. De repente, tiene una idea para la última línea del artículo: "Después de años viajando a Belén en lujosas limusinas alemanas, los Magos de Oriente han tenido que volver a ensillar sus camellos". Como frase es mejorable, pero ya es algo.
       
       Secretos para cenar
       La familia BG ya está sentada a la mesa y Mariluz sirve gambas con tuétano y puré de calabaza (receta de Adriá) en un alarde de cocinera a la última. Silvia, la hija mayor, rompe el largo silencio inicial: "Le he dicho a un amigo que venga después de cenar a tomar la copa". "Pero ¿es tu amigo o tu novio?", pregunta su tía. "Bueno, da lo mismo... Quiero que lo conozcáis, ¡es palinólogo!", contesta entusiasmada. Ante el estupor de los demás, lo aclara: "Estudia el polen. Sabe cómo van a ser las cosechas y la miel y esas cosas". "¿Y le pagan por eso?", interviene su hermana, ya un pelín modorra. La cena, pues, se anima. Sólo el padre permanece callado. No ha dicho nada a nadie todavía, pero sabe que él está dentro del ERE que va a presentar su empresa después de Reyes; sí, se va al paro. Su mujer le mira: "Andrés, ¿te pasa algo, que no hablas nada? Venga, toma más gambas con tuétano." "No, gracias, que la calabaza llena mucho," se disculpa.
        El escritor oye a su mujer que le llama para la cena. Está angustiado, no puede terminar el artículo sobre 2008. Y es que para él ha sido un año bien triste, con el Zaragoza en segunda división... ¡Ya está! ¡Cómo es posible que no se le hubiera ocurrido antes! El descenso del Zaragoza, precisamente cuando celebraba el 75 aniversario, no fue más que una metáfora del desastre, una señal del destino para anunciar la crisis que iba a venir. "El fútbol puede explicar la vida mucho mejor que la literatura", teclea frenético, exultante. Pues va a ser que sí. Nos vemos. Feliz Navidad.*
       
       *La ilustración es de Isidro Gil.
       *Este artículo fue publicado en el número extraordinario de Navidad de Heraldo de Aragón.

Este artículo pertenece a la sección "ESPECIALES"